Después de la Guerra Fría

El ex presidente de Estados Unidos Ronald Reagan, a la izquierda, y su homólogo sovietico Mijaíl Gorbachov, se dejan ver con sus sombreros vaqueros el 2 de mayo de 1992 durante una visita al Rancho del Cielo, propiedad de los Reagan de unas 278 hectáreas de extensión en las montañas al norte de Santa Bárbara, en California.
"La historia nos enseña que el terrorismo sólo puede operar en sociedades libres o relativamente libres. No había terrorismo en la Alemania nazi o en la Rusia de Stalin, no lo había ni lo hay en dictaduras más benévolas. Lo que significa que, bajo ciertas circunstancias, si al terrorismo se le permite operar con demasiada libertad y se convierte en algo más que un inconveniente, hay que pagar un precio muy alto en las restricciones a la libertad y a los derechos humanos para erradicarlo".

Con la conclusión de la Guerra Fría en 1989 tras el desmantelamiento del muro de Berlín, la recuperación de la independencia de los países de Europa Oriental y la desintegración final de la Unión Soviética, el mundo entero tuvo la sensación de que, por fin, la paz universal había descendido sobre la Tierra. El temor a una guerra en la que se utilizarían armas de destrucción masiva había desaparecido. Uno de los principales científicos políticos escribió una obra titulada The End of History (El fin de la historia), que evidentemente no sostenía que la historia se hubiese detenido, sino más bien que los conflictos serios entre los países habían cesado y que, en torno a ciertas cuestiones esenciales, había ahora un consenso general.

Fue un momento hermoso pero la dicha fue corta. Los escépticos (entre los que me cuento) tenían la sospecha de que en el mundo quedaban todavía bastantes conflictos que anteriormente fueron eclipsados o suprimidos por la Guerra Fría. Dicho de otra manera, mientras duró la confrontación entre los dos bandos, no afloraron otros tipos de conflictos pues en ese momento eran considerados conflictos menores. La Guerra Fría había tenido el efecto inverso de ser el principal responsable de la preservación de cierto orden mundial; en resumen, había sido un factor estabilizador.

También es cierto que la amenaza de una nueva y terrible guerra mundial fue probablemente exagerada. El terror estaba equilibrado por la disuasión mutua— precisamente porque existía un amplio arsenal de armas devastadoras. Y puesto que ambos bandos del conflicto actuaban con sensatez, ya que entendían las consecuencias de semejante guerra, la paz se había mantenido.

¿Seguiría en pie la disuasión mutua una vez finalizada la Guerra Fría? ¿Tendría como secuela una nueva era de disturbios mayores? La Guerra Fría no había puesto fin a la proliferación de armas nucleares y a otros medios de destrucción masiva, pero ciertamente la había frenado. Lo mismo no sucede en la actualidad, pues ya no sólo existe el peligro de que unos cuantos países posean estas armas.

La verdadera amenaza es que la adquisición de estas armas por unos pocos países generará una carrera entre sus vecinos para conseguir las mismas, porque estarán expuestos y se sentirán amenazados. Por otra parte, ¿se puede dar por sentado aún que quienes posean armas de destrucción masiva actuarán con la misma sensatez que las dos partes en la Guerra Fría? ¿Estarán sus acciones guiadas por un fanatismo religioso, nacionalista o ideológico que les hará olvidar el peligro suicida de utilizar tales armas? ¿Se convencerán a sí mismos de que quizás les sea posible utilizar impunemente, y sin dejar rastro alguno, estas armas contra sus enemigos en una guerra por terceros?

La búsqueda de liderazgo

Estas son las preguntas inquietantes que han surgido en los últimos años y que cobran cada vez más relevancia. No hay un árbitro, ni una autoridad definitiva para la resolución de los conflictos. Las Naciones Unidas tendrían que haber cumplido esta función, pero hacerlo le ha sido tan imposible como le fue a la Liga de Naciones en el período comprendido entre las dos guerras mundiales. Las Naciones Unidas está integrada por casi 200 países miembros, pequeños y grandes, democráticos y autoritarios, y todo tipo de variación entre unos y otros. Algunos respetan los derechos humanos, otros no. Tienen conflictos de intereses y carecen de la capacidad militar de intervenir en caso de emergencia. A veces pueden ayudar mediante negociaciones a lograr un acuerdo, pero son impotentes si la diplomacia se viene abajo.

El presidente George Bush, a la izquierda, les da la bienvenida a la señora Lyudmila Putin y al presidente ruso Vladimir Putin, a su llegada al rancho de los Bush en Crawford, Texas, el 14 de noviembre de 2001. La señora Putin hizo entrega de una flor a la señora Bush al momento de su arribo.

Al final de la Guerra Fría, Estados Unidos surgió como la única superpotencia, hecho que acarreó enormes responsabilidades relativas a la paz mundial. Ningún otro país estaba preparado para abordar las amenazas a la paz mundial—no sólo a su propia seguridad. Pero ni siquiera una superpotencia es omnipotente, su capacidad de cumplir obligaciones internacionales tiene límites. No puede y no debe hacerlo por su cuenta, sino que debe actuar como líder de acciones internacionales mediante la persuasión y la presión, si es necesaria.

Sin embargo, las superpotencias nunca gozan de popularidad. Así ha sido desde los días del imperio Romano, y de todos los demás imperios que han existido antes y después. Son objeto del temor y la sospecha de naciones más débiles, no sólo de sus vecinos. Éste es un dilema del que no le es posible escapar. No importa cuan razonable y digno sea su comportamiento, siempre existe el temor de un cambio en el temperamento o la conducta de la superpotencia. Por eso suele haber entre las naciones más pequeñas la tendencia a atacar en conjunto al país líder. Por mucho que se esfuerce la superpotencia, no existe una panacea para ganar popularidad—salvo la abdicación. Una vez que dejan de ser poderosas, crecen sus oportunidades de hacerse populares. Pero han sido pocas las superpotencias de la historia que han tomado ese camino.

Con el fin de la Guerra Fría, han aparecido nuevos centros de poder, principalmente China y la India. Han logrado avances económicos espectaculares que sólo hace una década eran inimaginables. Pero hasta la fecha estos países no han dado señales de querer desempeñar un papel en la política mundial que corresponda a su fortaleza económica. Son grandes potencias regionales y, con el tiempo, serán sin duda más que eso. Pero eso puede tardar muchos años y mientras tanto no han demostrado ningún deseo de compartir la responsabilidad de mantener el orden mundial.

Durante un corto tiempo, después del fin de la Guerra Fría, parecía ser que Europa desempeñaría esa función, aunque no siempre al unísono con Estados Unidos. Algunos observadores del panorama político alegaban que el siglo XXI sería el siglo de Europa, principalmente porque el modelo europeo era muy atractivo y sería copiado por el resto del mundo. Esta era la concepción de Europa como una superpotencia civil y moral.

Estas voces optimistas han menguado recientemente en número y frecuencia. Es cierto que Europa tiene mucho que ofrecer al resto de la humanidad, y que el movimiento hacia la unidad europea después de 1948 ha sido un éxito rotundo. Pero el movimiento perdió fuerzas una vez se constituyó el mercado común y aun así la economía no funcionaba tan bien como se esperaba. No había suficiente crecimiento para financiar un estado benefactor, orgullo del continente. Muchos miembros nuevos se habían sumado a la Unión Europea, pero no había una política exterior europea y mucho menos una capacidad militar.

Durante muchos años, la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) había sido un escudo para Europa, y lo sigue siendo. Algunos sostenían que la OTAN había perdido, al menos en parte, su razón de ser debido sencillamente a que la amenaza que había motivado su origen ya había desaparecido. Pero si bien es cierto que las antiguas amenazas han desaparecido, otras amenazas nuevas han tomado su lugar.

Los que cuestionan la OTAN presentarían un caso más convincente si se hubiese realizado un esfuerzo para establecer su propia organización de defensa, pero no se ha hecho. Todo ello sumado a la debilidad demográfica de Europa—la contracción y envejecimiento de la población del continente—es señal de su flaqueza. Otro indicio de ello son sus fracasadas iniciativas diplomáticas independientes en Oriente Medio y, cuando una sangrienta guerra civil se desató a las puertas de su casa en los Balcanes, Europa fue incapaz de atender el problema sin ayuda del exterior. Es evidente que la era de la superpotencia moral, por atractiva que sea como ideal, no ha llegado todavía.

Pocos convendrían en que ha llegado el momento de abolir la policía y las fuerzas de seguridad en el ámbito nacional. Sin embargo, muchos han actuado como si no fueran necesarias las fuerzas del orden en el plano internacional, y todo ello en un momento en que la amenaza de las armas de destrucción masiva cobra más relevancia, dado que los daños y las bajas que producirían serían infinitamente mayores que en ningún otro momento del pasado.

Tensiones y terrorismo

Han sido pocos los voluntarios que se han presentado para hacer de policías del mundo—es ciertamente un empleo poco atrayente, no remunerado y nada agradecido. Es posible que sea superfluo, es posible que el orden internacional sepa cuidarse a sí mismo.

Tal vez, pero si se examina el panorama mundial no saltan motivos para sentir excesivo optimismo. Rusia no ha aceptado aún su nueva situación en el mundo; hay resentimiento, como es natural, por la pérdida del imperio. Existe una fuerte tendencia a asignar culpas a todo tipo de factores externos, y algunos ya sueñan con devolverle su antiguo poder y gloria.

También está África, con sus millones de víctimas de horribles guerras civiles que la comunidad internacional fue incapaz de prevenir.

Ante todo está Oriente Medio con su pluralidad de tensiones y terrorismo en el ámbito nacional e internacional. El terrorismo no es un fenómeno nuevo en los anales de la historia de la humanidad, es más viejo que Matusalén. Ha aparecido en muchas formas y disfraces, como nacionalismo y separatismo, y propiciado por la extrema izquierda y la derecha radical. Pero el terrorismo contemporáneo, instigado por el fanatismo religioso y nacionalista, con operaciones en estados fracasados, y a veces incitado, financiado y manipulado por los gobiernos, es ahora más peligroso que nunca.

Ha habido y hay muchos conceptos equivocados sobre el origen del terrorismo. A menudo se sostiene que la pobreza y la opresión son sus causas principales. Si eliminamos la pobreza y la opresión, el terrorismo desaparecerá. Pero el terrorismo no sólo aparece en los países más pobres y los conflictos étnicos raramente tienen fácil solución, ¿qué pasaría si dos grupos reclamaran el mismo territorio y no estuviesen dispuestos a transigir?

El verdadero peligro no es, evidentemente, la victoria del terrorismo. La historia nos enseña que el terrorismo sólo puede operar en sociedades libres o relativamente libres. No había terrorismo en la Alemania nazi ni en la Rusia de Stalin, no había ni lo hay en dictaduras más benévolas. Pero esto significa que, bajo ciertas circunstancias, si al terrorismo se le permite operar con demasiada libertad y se convierte en algo más que un inconveniente, hay que pagar un precio muy alto en las restricciones a la libertad y a los derechos humanos para erradicarlo. Naturalmente, las sociedades libres son reacias a pagar tal precio. Este uno de los grandes dilemas de nuestro tiempo y hasta ahora nadie ha encontrado una forma indolora de resolverlo.

Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente los puntos de vista ni las políticas del gobierno de Estados Unidos.
Walter Laqueur copreside el Consejo de Investigación Internacional del Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos, un centro de investigación pública con sede en Washington D.C. Ha sido profesor en las universidades de Brandeis y Georgetown, y profesor invitado en las universidades de Harvard, Chicago, Tel Aviv y Johns Hopkins.

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