Saddam el tirano

Las víctimas, muertas o vivas, del régimen de Saddam se cuentan a miles. Zaineb Salman Daud pasó cuatro años en la cárcel entre 1982 y 1986. Entre brutales sesiones de torturas diarias pudo ir memorizando la historia de otras reas condenadas a muerte, que fueron utilizadas como cobayas en experimentos con gases químicos y nerviosos.

Era mediados de la década de los ochenta: Saddam Hussein era considerado el paladín de Occidente en su lucha contra el Irán del imán Jomeini y países occidentales como Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y Alemania le suministraban los productos necesarios para la creación de los gases venenosos que utilizó contra los soldados iraníes y los civiles kurdos.

Reas usadas como cobayas.

Un grupo especial de investigación de armas químicas, vinculado a la industria militar iraquí y encabezado por el doctor Fahad Al Danuk, solicitaba prisioneras ya condenadas a la pena capital. En la fábrica de pesticidas de Muthana, a 40 kilómetros de Bagdad, las mujeres eran introducidas en una habitación en forma de cubo acristalado y allí se les aplicaban inyecciones con dosis letales de gas nervioso o VX.

También utilizaban sondas por donde introducían el gas en el habitáculo. Los científicos estudiaban los efectos que se producían sobre las prisioneras y después mandaban los resultados al Ministerio de Defensa para que empleasen las dosis correctas en los campos de batalla.

Las mujeres solían morir a los pocos minutos y a veces sus cuerpos quedaban tan ennegrecidos y deteriorados que era imposible entregarlos a sus familias. Para evitar las preguntas incómodas, los restos eran enterrados clandestinamente en algún lugar secreto.

Zaineb, que se encuentra exiliada en Irán desde 1997, y su esposo Abbas Abed, de 45 años, que regresó hace dos semanas a Iraq, publicaron en Irán a principios 2003 un libro llamado Memorias de una encarcelada, con los seudónimos de Fatima y Ali, donde se recogen las historias de 137 mujeres asesinadas o fusiladas entre 1980 y 1984, entre las que hay decenas de casos vinculados a estos experimentos.

Colin Powell, secretario de Estado estadounidense, aseguró en una de sus comparecencias en la ONU que había indicios de que Iraq había utilizado a prisioneros de guerra en este tipo de experimentos.

Lo que no dijo, y seguramente lo sabía, es que estos hechos habían ocurrido en los años ochenta, cuando Saddam Hussein era aliado estratégico y le visitaba en Bagdad el propio Donald Rumsfeld, el actual secretario de Defensa.

Inscripciones en la cárcel.

Cuando alguien espera la muerte suele encomendarse a Dios. Al menos, es lo que hacían los reos de la cárcel de Abugreb, a 35 kilómetros de Bagdad, cuando le quedaban horas o quizá minutos para ser ahorcados.
Por ejemplo, Ahmed Aziz, que escribió en la pared de la celda cinco con mano temblorosa: Todo el mundo morirá pero a mí me toca la muerte mañana.
O el piadoso Al Aquid, en la celda ocho: La muerte es la vida y la dignidad para el creyente.
O Al Rikabi, que tuvo el valor de insultar a Saddam Hussein antes de morir: Dios misericordioso, pedimos tu piedad y nos resistimos a la del tirano.
A pocos metros de las nueve celdas de cinco metros cuadrados donde se leen decenas de inscripciones testamentarias hay una sala cerrada, poco alumbrada por la luz natural que entra por unas rendijas.

Macabros utensilios.

Ahmed, Al Aquid y Al Rikabi, los reos que iban a morir, subieron por una rampa hasta una superficie lisa donde le esperaban las dos sogas que todavía cuelgan del techo sujetas a unas gruesas argollas.
El verdugo recibió la orden y accionó manualmente dos palancas que abrieron las dos trampillas. De dos en dos, los presos, con los ojos tapados y las manos atadas a la espalda, caían en el boquete y se asfixiaban. Unos guardianes los desataban y los metían en un cuarto oscuro, el almacén de los muertos. Eran enterrados en una fosa en el exterior.

Los mecanismos que se utilizan para ejecutar siempre producen escalofríos. Las sogas desnudas aún se mecen vacías cuando alguien las toca. La llave que inmoviliza las palancas está todavía puesta en la pequeña cerradura.

Un hombre que vendía arroz y tabaco a los presos afirma que los miércoles a las cinco de la tarde eran el día y la hora de las ejecuciones. Por la mañana se permitía una última visita de cuatro familiares durante dos horas, a veces menos, explica en el interior de una de las celdas.
Recuerda el caso de una madre que entre lágrimas ofreció el pecho por última vez a su hijo adolescente.

Los sobornos tenían un papel primordial en la prisión. Algunas personas con recursos pagaban grandes cantidades a la policía para evitar la muerte de su familiar y en algunas ocasiones el reo era sustituido por otra persona, por ejemplo un loco que encontraban en la calle antes de la ejecución.

Como cualquier prisión, está rodeada por un amplio muro reforzado por alambre de espino y con torretas de vigilancia cada cien metros. De los murales de Saddam Hussein han sido destrozados los rasgos de la cara con saña, utilizando piedras o a tiro limpio.


Por Gervasio Sánchez
La Vanguardia, 04/05/2003

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