LA GUERRA DE FRANCIA CONTRA AMERICA

Napoleón cabalga de nuevo, al mando de las tropas el Sr. Chirac

Toda la trama Francesa


GUERRA DE IRAK.
La respuesta de Europa bajo el mando del Sr. Chirac y toda la trama Francesa así como los motivos por los que se opuso a la guerra de Irak, quedan reflejados en este articulo que nos permite ver con una realidad subjetiva la oposición sistemática de Francia y los motivos que le inducen a proclamarse líder europeo del falso pacifismo, a pesar que era consecuente de la venta de armas de destrucción masiva no dudo en enfrentarse al resto de países Europeos contrarios a sus planes y amenazarlos con represalias si no acatan la decisión “de viajar en el mismo barco” solo para defensa de sus intereses personales.

Nada nuevo ni sorprendente si repasamos la historia y las guerras perpetradas por este país.
En estos momentos es justo reconocer sin pudor que Francia esta siendo la abanderada de los países Islámicos, y poniendo en peligro la paz Europea, solo nos cabe tener la esperanza que en las próximas y cercanas elecciones los franceses pasen factura al Sr. Chirac y sus ansias de expansión y grandeza dejen de ser un peligro para la identidad de Francia y Europa.

¿PORQUÉ ESPAÑA TRAICIONA A FRANCIA?

España se ha adentrado paulatinamente entre los países de mayor influencia económica en el escenario mundial. Recientemente Carlos Checa, estratega y asesor del presidente Clinton durante su último mandato, afirmaba refiriéndose a Aznar: "Juega Fuerte. Quiere que España supere su status de potencia regional iberoamericana para convertirse en uno de los grandes". En efecto, más allá de los deseos, aspiraciones y sueños de Aznar, la conclusión que cabe extraer de esta afirmación es que España es una potencia emergente que aspira a un hueco en la lucha por el reparto de las áreas de influencia económica.
Monmar

LA GUERRA DE FRANCIA CONTRA AMERICA

-El ex presidente francés François Mitterand a Georges-Marc Benamou (periodista) quien fue su persona de confianza. “Francia no lo sabe, pero estamos en guerra con América. Sí, una guerra permanente, una guerra vital, una guerra sin bajas, al menos, que salgan a la luz”.

Los americanos pensamos que siempre podríamos contar con Francia y resultó que era verdad. Podíamos contar con que los franceses son molestos, con que son altaneros y exigen respeto, con que dicen rechazar la colaboración antes de rendirse si se tercia. Este boceto nada halagüeño era el viejo retrato de Francia de antes de que las cosas fueran a peor.

Una semana después del 11 de septiembre, Francia dio a América buenos motivos para preocuparse. John Rossant, que escribe para Business Week desde París, se dio cuenta de esto dos semanas después de los ataques terroristas de 2.001 en Nueva York y en Washington. ”Miembros del gobierno de centro izquierda de Francia están empezando a hacer sonar las campanas”, escribió y citó al miembro del Partido Verde, Noel Mamère: “La realidad es que la política de América sólo podría acabar en la clase de terrorismo que hemos visto”.
Una vez más, para los franceses, incluso los violentos ataques contra América no podían ser culpa de nadie, sino de los propios americanos.

Alguna vez, desde que los Estados Unidos desahuciaron a Francia cuando estaba fusionada con los Nazis al final de la Segunda Guerra Mundial, los franceses habían seguido este comportamiento predecible y enloquecido para causar dificultades antes de alinearse. Pero, al retraerse en la guerra de Iraq, estaba claro que algo había cambiado dramáticamente. El comportamiento de los franceses estaba empezado a sonar como algo más que un comportamiento de chalados para fastidiar y los americanos empezaron a tener rezones para preguntarse ¿De qué lado está Francia?

La contestación se pudo encontrar en los medios de comunicación árabes que informaron atentamente sobre los hechos que sucedían y dieron a las noticias una forma de casi cuento mítico que cualquier árabe hubiera reconocido. Los relatos eran como este: “Las nubes de la guerra están oscureciendo el horizonte cercano. Mientras el mundo árabe fue puesto en una situación de miedo miserable, un armagedon de hordas invasoras prometía la catástrofe, sin que ningún ejército se les interpusiera en su camino”.

El resultado era una conclusión evidente; para los orgullosos y sensibles árabes, el choque parecía que iba a ser una cascada de humillaciones, incluso antes de que este empezara. Pero como el largo periodo para dar argumentos y debatir se hacia interminable, manteniendo momentáneamente el fantasma de la humillación, un hombre se levantó para liderar a la nación árabe, para hablar elocuente e inteligentemente en favor de la causa árabe y para evitar la peor catástrofe del milenio.
Al final, su misión fracasó y el espectáculo de los defensores de vanguardia cayendo valientemente en la cara del violento Occidente fue aliviado solo por el recuerdo de ese hombre, que tuvo el coraje de interponerse él mismo en medio de la inevitable conflagración.
Para los árabes su causa fue en vano, pero su desafío fue noble y orgulloso. A este hombre se le proclamó líder de la nación árabe, desde el Océano Atlántico hasta el Golfo Pérsico, un hombre que causó vergüenza con su inefectiva afectación que pretendió liderar a los desesperados árabes, pero que sólo fue irrelevante y gordo en su debilidad. ¿Quién era el salvador de los árabes? Jacques Chirac, el presidente de Francia.

Tan fuertes fueron los esfuerzos de Chirac para defender el régimen de Sadam Husein, que el periódico Babel de Irak lo recompensó con el ceremonioso título Munadhil al-Akbar: El Gran Luchador.

Un líder fundamentalista argelino, Abdallah Jaballah, alabó al Sr. Chirac como "el único y verdadero líder árabe de la actualidad." Imad al-Din Husayn, un columnista de Al Bayan, un periódico de propiedad estatal en Dubai, Emiratos Árabes Unidos, expuso la siguiente idea. "He llegado a la conclusión de que nombrar a Chirac como presidente de la Liga Árabe podría ser la solución de nuestros problemas," Husayn dijo, meditando sobre el nudo gordiano, que “Chirac lo podría cortar de un tajo a favor de los árabes.
Al contrario que sus homólogos árabes, al menos, Chirac haría un intento de defendernos de la máquina de guerra americana. Con la perspectiva del fracaso seguro de la invasión debido al acoso, muerte, carnicería, humillación que los árabes opondrían, todo en manos de las manos milagrosas y salvadoras occidentales "sería forjado por las manos de nuestro nuevo Saladino al-Chirac."

Saladino, hijo de un jefe kurdo del s. XII, nació en Tikrit, Iraq, cuando era aún joven, unió al mundo árabe con la fuerza de las armas, se convirtió en Sultán de Egipto y líder del Islam.
Expulsó a los cruzados de Jerusalén que desde entonces fue musulmán durante siglos. En el mundo árabe, es difícil que se le haga a alguien un cumplido así santificándolo con el nombre de Saladino. Según los árabes contemplaban el incierto futuro que ellos habían forjado, la Guerra que estaba a punto de empezar, por supuesto, pero también el inacabable conflicto palestino, vieron una sólo un personaje a nivel mundial que intentaba interponerse en el camino de los Estados Unidos: el presidente Jacques Chirac y su nación antiamericana: Francia.

El comportamiento de Chirac hace que nos hagamos una pregunta: ¿Por qué los árabes y los franceses actuaron conjuntamente para proteger a Sadam Husein?
Los franceses sabían que no estaban haciendo un favor al pueblo iraquí tratando de parar un ejército que derrocaría a Sadam. Según la Guerra se aproximaba en 2003, los franceses, otros europeos y los árabes habían tenido conocimiento de numerosos informes hechos por agencias internacionales de derechos humanos, incluidas las de las de las Naciones Unidas que dejaban bien claro lo letal que era el régimen de Sadam para el pueblo iraquí.

El Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas había informado en 1997 que en el Iraq de Sadam había una “alta incidencia de ejecuciones sumarias, arrestos y detenciones arbitrarias, torturas y malos tratos por parte de los servicios de seguridad y el ejército." El Comité informó que el régimen de Sadam aplicaba leyes retroactivas, permitiendo a los servicios de seguridad ejecutar y torturar a gente por hechos que habían sido declarados delitos después de su acción.
El Comité informó con especial repugnancia del Decreto Nº 109 de Agosto de 1994, por el cual se ordenaba que a delincuentes cuyas manos habían sido amputadas como castigo fueran marcados con una X en la frente para que se les distinguiera de los combatientes en la guerra de Irán.

En agosto de 2001, Amnistía Internacional publicó otro de sus voluminosos informes sobre la violación de los derechos humanos de Sadam.
El informe contaba una serie de relatos horripilantes de varios individuos que habían sido detenidos y torturados, algunos de ellos durante años. "Algunas de las víctimas han muerto y muchas han quedado con secuelas físicas y psíquicas permanentes, otros han quedado con los cuerpos mutilados".
Después del final de la Guerra, se encontraron gigantescas fosas comunes en Iraq donde habían sido enterrados los cuerpos de más de 300.000 hombres, mujeres y niños que fueron ejecutados. Pero la tragedia de verdad era que esas fosas no eran una sorpresa para nadie: árabes y occidentales conocían las prácticas asesinas de Sadam durante generaciones.

Los trabajadores extranjeros en Iraq volvían a casa en cajas y sus cuerpos mostraban signos de prolongadas torturas antes de morir. Por eso, la misma Francia había estado años tratando de convencer a Sadam para que cambiara sus modos para poder ayudarle a volver a la comunidad económica mundial.
Francia estaba especialmente entusiasmada con la rehabilitación de Sadam para que se pudieran levantar las sanciones de la ONU permitiendo al dictador una vez más vender petróleo iraquí en el mercado mundial.

Tanto árabes como europeos pueden haber sido fervorosamente escépticos sobre la posesión de armas de destrucción masiva, pero desde el principio, sabían íntimamente que es lo que Sadam estaba haciendo a su gente. Aún así, la perspectiva de que los americanos lanzaran una Guerra para deponer a Sadam era profundamente desagradable para los franceses. ¿Por qué? En parte, porque los franceses se habían convencido a sí mismos de que América era el mayor de los demonios.

Según la guerra se aproximaba, los sondeos de la opinión pública francesa revelaban un dramático antiamericanismo:
el 75% de la opinión pública se oponía a la acción militar de George W. Bush para acabar con el régimen de Sadam Husein, incluso cuando un número similar (73%) pensaban que Iraq estaría mejor sin Sadam. De acuerdo con los franceses, por lo tanto, Sadam debería ser depuesto, a no ser que fueran los americanos los que dieran un paso adelante para que esto sucediera. En ese caso, los iraquíes tendrían que sufrir hasta que otros pudieran deponerlo.

“Los franceses se oponen a los Estados Unidos, de una manera simplista, porque es el país más poderoso de la tierra” según observó Christopher Suellentrop en BusinessWeek. "Los franceses están tan preocupados por el predominio de América en lo militar, económico, cultural y tecnológico, que un ex Ministro de Asuntos Exteriores sintió la necesidad de acuñar un nuevo término para describirlo: hyperpuissance, o 'superpotencia'. ". Ese ministro de asuntos exteriores, que durante mucho tiempo, se autoproclamó antagonista de los Estados Unidos, se llamaba Hubert Vedrine. “Odio a los americanos” declaraba furiosamente en una entrevista en 1995. Acababa de publicar un libro “Las cartas de triunfo de Francia”, en el que argumentaba que Francia podría reanudar su posición de liderazgo en el mundo sin un poder militar superpoderoso, sino en razón a la inigualable cultura francesa, lengua y estilo de vida elegante.
Así resumió por qué los franceses temían tanto y estaban tan resentidos con los Estados Unidos: “La situación no tiene precedentes. ¿Qué imperio de la historia ha subyugado al mundo entero, incluyendo a sus enemigos?”

Lo que Francia temía, en otras palabras, era el poder americano. Los franceses han pasado mucho tiempo protestando contra George W. Bush en los últimos años, pero su oposición refleja contra América bastante antes de que llegara la administración Bush.
Como John Vinocur ha subrayado en el International Herald Tribune: “fue durante la presidencia de Clinton cuando Francia a través de su entones ministro de exteriores, Hubert Vedrine, definió al unilateralismo de América como el principal problema del mundo y la disposición de Francia a crear un clima de opinión mundial contra esto”. Así, Vinocur también informó, cuando Clinton estaba todavía en la Casa Blanca, que la personalidad política francesa, Bernard Kouchner, “describió el antiamericanismo como el motor de la política exterior francesa”.

Durante la administración Clinton, lo que molestaba a los franceses era la idea de que América estaba intentando unilateralmente expandir sus valores a través de su cultura popular y su poder económico, con los que dominaba la economía mundial. En otras palabras, el problema era la globalización. Cuando la administración Bush llegó en 2.001, sus quejas sobre el unilateralismo, se ampliaron para protestar por que nosotros estábamos incumpliendo tratados y mostrando una voluntad de ir a la guerra sin la aprobación de la ONU.

En un artículo en junio de 2.001 en el New Statesment (dos meses y tres semanas antes del 9/11), David Laway argumentaba que el antiglobalismo francés era incomprensible. Globalismo, el estilo de vida angloamericano que incluía la expansión empresarial, más alta productividad, pocos impuestos y bajo nivel de gasto del estado no eran buenos para Francia, explicaba Lawday.
Los franceses iban bien con un alto nivel de empleo público, altos niveles de impuestos, 35 horas de trabajo semanales y un sistema de vacaciones organizado por el gobierno que le daba a los trabajadores franceses 7 semanas de vacaciones al año.

“También se aceptaba que América se había equivocado de alguna manera, y que un gobierno fuerte, un sensato control de los mercados, un estado del bienestar fuerte, independencia cultural y con el freno pisado en las privatizaciones, éra el camino a seguir”, escribía adoptando el mismo aire de superioridad mostrado por los altos funcionarios a los que entrevistaba.

La cultura que George W. Bush llevó a Washington provocó el desprecio aún más pronunciado de los franceses. La Casa Blanca de Bush aprobaba la fe en Dios, la bajada de impuestos, la pena de muerte, la tenencia de armas, algo que los franceses veían como lascivia institucional; para los franceses todo esto se agravaba por que tenía la aceptación general.

Jacques Toubon, un ex ministro de cultura, despreciaba el nuevo perfil de la administración, según dijo a Lawday: “Es una parodia de los valores sociales americanos. Esto solo puede llevar a que sean cambiados” Los franceses estaban que no aguantaban por liderar el movimiento de cambio.

Según Bernard Guetta, un columnista de L´Express, escribía: “Francia tiene la ambición de crear una Unión Europea que sea un contrapeso a los Estados Unidos”. Era la primera vez que se producía la llamada. Tan pronto como 1997, Roger Cohen del New York Times había informado que “Francia se había propuesto a sí misma como la cosa más parecida a un serio rival ideológico en la última década del siglo XX.” El gallardo y cinematográfico ministro de exteriores francés, Dominique de Villepin, jugó en los dos lados del campo. Incluso cuando luchó por mantener una imagen creíble de amistad con los estados Unidos, ocultó cuidadosamente, en sus bien construidas declaraciones públicas, dónde estaban las luces y las sombras de la ambición francesa para enfrentarse al poder americano.

En noviembre de 2002, justo cuando los franceses estaban organizando a las naciones de Europa Occidental para oponerse a los Estados Unidos en el Consejo de Seguridad, Villepin declaró a un periodista marroquí: “ Estamos convencidos de que el mundo sólo puede gozar de estabilidad si Europa ejerce su influencia total”. Influencia total, desde luego, significa esfuerzos concertados para estorbar en el camino de los intereses americanos.

Durante el año siguiente, los franceses dejarían claro lo lejos que irían para oponerse a América. Como Victor Davis Hanson expuso en marzo de 2003 en National Review Online: “Mantener el mito de que Francia es realmente un aliado y un miembro de la OTAN es una tontería ya que su potencial nuclear no se necesita para disuadir a la Unión Soviética y los franceses están tratando de crear un eje europeo contra los Estados Unidos en un proceso de ruptura con América para salvar a un psicópata”: Sadam Husein.

El antiamericanismo no es algo nuevo para los franceses. Después de las primeras muestras de comprensión por los ataques del 11/S (Los titulares de Le Monde fueron “Todos nosotros somos americanos”) las viejas protestas sobre el unilateralismo americano pronto salieron a la superficie.

El desprecio a los Estados Unidos que durante años mantuvieron por motivo de la pena de muerte, el debate sobre el aborto, la decisión del presidente Bush de retirarse de los Acuerdos de Kyoto por anticuados y mal negociados, el tratado de misiles antibalísticos, el Tribunal Penal Internacional de la ONU, hacían que los franceses no fueran a cambiar de actitud por mucho tiempo.
Y el apoyo americano a Israel y a su primer ministro, Ariel Sharon, visto por muchos árabes amigos de Europa como un asesino y un criminal de guerra, hicieron que la situación empeorara.

Le Monde Diplomatique, un diario francés sobre política internacional y diplomacia, describió la actitud francesa después del 11/S de una manera sucinta: “Es algo demasiado malo para los americanos, pero ellos se lo han buscado”. En un informe posterior al 11/S, el Business Week llamó la atención sobre una oleada de llamadas indignadas a Radio France Internationale. “¿Qué tiene de especial que los americanos hayan muerto?” preguntaba un radioyente sobre las victimas del 11/S.
“Millones han muerto en África, pero ellos nunca dejan mensajes en los contestadores automáticos porque son demasiado pobres para tener teléfonos móviles”.

Los franceses lo hicieron lo mejor que pudieron para atraer la antipatía oficial hacia los Estados Unidos. Pero el trabajo no fue perfecto. Según informó John Vinocur del International Herald Tribune en abril de 2003, el ensayista francés y hombre de confianza de Chirac, Guy Sorman, estuvo presente en algunas de las reuniones más importantes después del 11/S. En noviembre de 2001, Sorman participó en una conversación con Chirac y un pequeño grupo de intelectuales en el Palacio del Eliseo, sede del presidente de la República Francesa. Desde el punto de vista de Sorman, Chirac era “el más antiamericanista de todos nosotros”.
Según Vinocur, Sorman describió al Presidente Chirac “considera que el liderazgo americano está desprovisto de sentido histórico, carente de paciencia, matices y meritos de peso, lo que Chirac presumiblemente considera que son sus cualidades”. ”Chirac esta persuadido de que está en lo cierto sobre América” declaró Sorman a Vinocour. “No presta atención a lo que hubiera dicho sobre esto en los días en que era estudiante y partidario de los Estados Unidos”, dijo Sorman, refiriéndose con constates referencias a los agradables veranos que Chirac pasó como alumno de una facultad americana y trabajando en la cervecera Bubweisser y en un restaurante de carretera en Howard Johnson. “Esta no es la cuestión.

Su visión es profunda, profunda dentro de él. Para Chirac, los americanos no entienden nada.” Este no era el hombre que el propio Chirac quisiera que vieran los americanos. Pero tres sucesos llevaron la visión francesa de los americanos a la vista de todos al inicio de 2002.
El primero fue cuando el Presidente Bush se dirigió a la nación con motivo del discurso sobre el Estado de la Unión el 29 de enero de 2002, en el cual identificó un “eje del mal” que incluía a Iraq. Después en ese mismo año, en septiembre de 2002, el Presidente Bush, se dirigió a la Asamblea General de la Naciones Unidas urgiéndola a hacer frente al “grave y creciente peligro” de Iraq o convertirse en una organización irrelevante. En ese momento, la ONU se levantó y tomó nota: los Estados Unidos estaban preparados para pasar a la acción que convertirían, de hecho, a la ONU en irrelevante.

Sólo cinco días después de ese discurso, llegó la gota que colmó el vaso para muchos europeos y para los franceses en particular. El Presidente Bush hizo pública la “Estrategia nacional de seguridad” de su administración, un documento oficial que diseñaba una nueva política militar de los Estados Unidos.
El documento contemplaba el caso de la “guerra preventiva”, una política militar que autorizaba realizar ataques primero contra las amenazas emergentes contra los Estados Unidos. Esta nueva política también prometía al mundo que los Estados Unidos no permitirían que ningún país, amigo o enemigo, desarrollara un poder militar que pudiera desafiar a los Estados Unidos.

Le Monde, el diario líder en Francia, reaccionó acusando a los americanos de adoptar “la concepción soviética de las relaciones internacional”; según su visión, “la seguridad [de América] es la inseguridad de todos los demás”. Las voces de la oposición francesa entraron en acción. ”Si me preguntas que será lo siguiente que ocurra, te puedo decir que no habrá Guerra”

National Rewiew citaba a un alto funcionario francés en noviembre de 2002, ”el Presidente Chirac se ha encargado personalmente del asunto de Iraq con la clara intención de evitar una guerra innecesaria que podría desestabilizar todo Oriente Medio” Eso fue lo que el periodista Amir Taheri llamó “la doctrina Chirac”: La guerra contra Iraq requeriría el permiso del Consejo de Seguridad de la ONU que miraría a sus propios inspectores de armas para tomar orientación.
Francia se empeñó en montañas de argumentos morales contra las guerras en general y aplicándolos a esta guerra en particular. Un alumno de la prestigiosa Ecole Nationale d'Administration (ENA), cuyos titulados, conocidos como enarcas, son casi reverenciados como ejemplos de administradores públicos sensatos (y rara vez desafiados), Villepin diseñó plan tras plan para permitir que los inspectores tuvieran más derechos y más recursos, en un esfuerzo para cumplir con el desarme de Iraq sin guerra.

“La guerra es siempre una muestra del fracaso” le dijo al Consejo de Seguridad en marzo de 2003. ¿Por qué nos habríamos de unir a la Guerra contra Iraq? Y también me gustaría preguntarles ¿por qué hacer cenizas los instrumentos que acaban de probar su eficacia? ¿Por qué optar por la división cuando nuestra unidad y nuestra resolución están llevando a Iraq a deshacerse de sus armas de destrucción masiva? ¿por qué recurrir a la fuerza a cualquier precio cuando podemos tener éxito de una manera pacífica?”

Para ser justos, Francia tiene causa legitimada históricamente para ser cautelosa ante la guerra. El recuerdo de más de un millón y medio de jóvenes masacrados durante el vano empate de la primera guerra mundial todavía enciende los debates sobre la guerra y la paz en Francia. Pero los actuales esfuerzos franceses para oponerse a los intereses americanos no está motivados por la simple oposición moral a la guerra y no sólo por el electorado políticamente complaciente, ferviente contra la guerra y pro árabe.

Para los franceses, un motivo mucho más importante era el dinero. Funcionarios franceses tenían la esperanza de aguantar el inicio de la guerra hasta que el calor del verano iraquí entorpeciera los planes americanos, lo que forzaría a los americanos a aplazar la guerra hasta después de las elecciones de 2004.
Esto hubiera dado bastante tiempo para apoyar a Sadam, limpiar su reputación, levantar las sanciones de la ONU y abrir camino a Francia para ayudar a Iraq a vender su petróleo en el mercado mundial.

Desde su elección en 2001, Jacques Chirac ha estado trabajando con entusiasmo para rehabilitar a Sadam Husein. En enero de 2002, más o menos cuando el Presidente Bush dijo que Iraq era un miembro del Eje del Mal, Chirac mandó a un enviado a negociar con Sadam.
Pierre Deaval, un burócrata cuya especialidad era la impresión y la falsificación, fue enviado a Iraq bajo un gran secreto. Durante casi un año, Deval pasó al menos diez días al mes en Bagdad, encontrándose con Tariq Aziz y ocasionalmente con Qusay Hussein, para tratar el modo en que Sadam podría conservar el poder.

Cuando la historia de Deval salió a la luz en noviembre de 2002, el Ministro de Exteriores francés trató de negarlo como era de esperar. “Ningún enviado francés comisionado para una misión así ha ido a Iraq” declaró un portavoz del ministro. Sin embargo, según el periódico con sede en Londres Asharq al-Awsat, Deval “ha estado visitando regularmente durante algún tiempo” para presionar hacia un cambio de “políticas internas y exteriores” y así evitar la acción militar de los USA contra el régimen de Sadam.

El periódico citó “fuentes francesas autorizadas” en su informe. ”Sadam Husein concedió la amnistía a prisioneros a petición del enviado” informó el periódico, proporcionando una explicación para la repentina y misteriosa liberación de prisioneros que se produjo el 20 de octubre de 2002. Evidentemente, Deval había estado presionando a Sadam para que liberase a los prisioneros políticos, incluso miles de delincuentes comunes, violadores y asesinos fueron liberados al mismo tiempo. Deval “habló abiertamente de la posibilidad de cambio sin guerra” y obtuvo “una respuesta más que esperanzadora” de las autoridades iraquíes, según informó el diario.
Sadam incluso invitó a Deval a estar presente en cuatro sesiones del consejo de ministros: “Una de las ideas que Deval propuso fue la formación de un gobierno de nueva generación de tecnócratas liderado por Qussay. [sic]”

El gobierno de Chirac propuso que una oficina de nueva creación e independiente del gobierno iraquí fuese encargada de la salvaguardia de los derechos humanos en Iraq, y que el hijo de Sadam, Qusay fuese presentado ante el mundo como “funcionario jefe de operaciones” de Iraq, mientras que Sadam era relegado a un status honorífico en la sombra. “Chirac está convencido de que puede convencer a Sadam a pronunciar las palabras adecuadas y a andar por la senda adecuada” según el columnista Amir Taheri escribió. Chirac tenía grandes esperanzas de que su plan de rehabilitación llegara a buen puerto y su emisario Deval trabajó duro para lograrlo.

Pero el mismo Sadam no estaba entusiasmado con la idea. Según las tropas americanas descubrieron después, el régimen de Sadam estaba llevando a cabo ejecuciones el día antes de la caída de Bagdad. Incluso cuando se estaba detrás de la idea de un régimen Husein de segunda generación, los líderes franceses eran perfectamente conscientes de la depravación moral de Sadam y de su familia.
En una entrevista con France Inter, en noviembre de 2002, justo cuando Francia estaba ayudando a orquestar una salida para los USA que patrocinaban la Resolución 1441 (que pedía que Iraq se desarmara o se “enfrentara a serias consecuencias”), Villepin admitió que “dada la actitud de Sadam Husein en los últimos años, creemos, a la luz de la experiencia, que podría usar armas químicas y biológicas” que poseía. Villepin añadió enfáticamente: Y quiero repetir aquí que también sospechamos que hay un elemento nuclear embrionario que Sadam puede poseer. No podemos correr ese riesgo”.

Los comentarios de Villepin no dejan lugar a dudas: Francia conocía los peligros del complejo industrial militar iraquí y reconoció los riesgos de permitir a Sadam Husein continuar con los proyectos como lo había hecho durante 11 años desde la Guerra del Golfo.
Al final, sin embargo, los franceses se declararon satisfechos con los inspectores de armas, diciendo que las inspecciones estaban funcionando. Aunque, como decía una editorial del BusinessWeek, la idea del siglo XX de controlar las amenazas externas con inspecciones y sanciones se ha vuelto obsoletas por el avance de la tecnología y las técnicas del terror: “La política de la guerra fría de contención estaba basada en que había estados racionales que actuaban para procurar su propia seguridad. El 11/S socava esta idea.

Los editorialistas del BusinessWeek añadieron: “Tan ilógica es la posición de Francia en la ONU que surge la pregunta de cuál es el verdadero propósito del país. Tristemente, la respuesta insistentemente parece que es nada más que antiamericanismo.” La determinación francesa de conservar el status quo en Iraq, entonces, fue hecha con pleno conocimiento de las condiciones terroríficas que sufrían los iraquíes bajo Sadam.

Para los franceses, hacer obstruccionismo a los Estados Unidos era lo más importante. En octubre de 2002, en la cumbre de países francófonos (les Francophones) que se celebró en Beirut (Líbano), Chirac dijo no a la pretensión de los americanos hacia la guerra. “Esto sólo se puede permitir en caso de legítima defensa o por la decisión de autoridades internacionales competentes”. Con “competentes” aparentemente, quiso decir que excluía a los Estados Unidos: “autoridades internacionales competentes” era el nombre en clave de la ONU, donde Francia tenía el poder para bloquear cualquier acción que los Estados Unidos quisieran emprender. (Algo que no mencionó fue la OTAN, donde Francia tiene mucha menos capacidad y los Estados Unidos mucha más)

Los esfuerzos por pasar por alto los crímenes de Sadam ocasionalmente dieron una vuelta absurda. Cuando Sadam Husein fue reelegido presidente de Iraq con el 100% de los votos, un periodista en el Ministerio de Exteriores francés preguntó traviesamente al portavoz: “Tiene Francia alguna reacción a los buenos resultados de Sadam Husein en el referéndum del martes?” El portavoz replicó secamente: “No, le dije ayer que no haría comentarios sobre este tema”.
Los franceses estaban trabajando a marchas forzadas para pasar por alto no sólo las elecciones amañadas, sino también la tortura, leyes con aplicación retroactiva para atrapar a inocentes y asesinar con la apariencia de la pena de muerte.

De nuevo, sus razones fueron parcialmente económicas. Francia tenía intereses en Iraq: Sadam era propietario de bancos franceses, petróleras y constructoras por un valor de $20.000 millones. (También poseía compañías en Rusia, Alemania, Arabia Saudita, y otros, por un valor estimado de $200.000 millones, mayormente en empresas armamentísticas cuyos productos Sadam usó en la guerra contra Irán al comienzo de los 80).

Los franceses habían organizado ya una feria comercial con la participación de 130 naciones en Bagdad y la compañía francesa TotalFinaElf estaba presionando para dominar el mercado del petróleo Iraquí una vez que las sanciones se levantaran.

Así mismo, el ministro del medioambiente francés fue el fundador de la Asociación Franco-Iraquí. A pesar de sus declaraciones públicas de amistad con América y la condena total de Sadam, Francia llevaba mucho tiempo repartiéndose el botín con Sadam. Y la suya no era una alianza sincera: Francia vio una oportunidad a largo plazo también en Iraq. Iraq, después de todo, tenía las reserves de petróleo más grandes del mundo, detrás de Arabia Saudita.

Si Francia quería asumir la posición a nivel mundial que quería, una posición desde la cual desafiar a los Estados Unidos, necesitaba tener su propia Arabia Saudita en Iraq. En una ocasión, Francia dio a conocer sus deseos a largo plazo.
El 17 de octubre de 2002, en una declaración que urgía al Consejo de Seguridad a “demostrar equidad mostrando que la guerra de Iraq no es inevitable si Iraq cumple con sus obligaciones total y escrupulosamente”, el embajador francés subrayó que si Iraq se animara a desarmarse, “estaríamos abiertos a levantar las sanciones de acuerdo con las resoluciones del Consejo de Seguridad”. Esta estrategia se abandonó porque Francia hizo otros pronunciamientos posteriores sobre la política sobre Iraq que indicaban los objetivos reales de Francia de poner a Sadam en un segundo plano en el negocio del petróleo.

Pero la razón profunda del obstruccionismo francés era su resentimiento por el poder militar americano, económico, cultural, y Francia deseaba establecer un mundo “multipolar” para reemplazar al actual poder “unipolar” de los Estados Unidos. En otras palabras, su política estaba motivada por sueños de grandeza para Francia, un deseo de asegurar la preeminencia a nivel mundial para un país que piensa que merece esa preeminencia más que de sobra. Éste era un sueño que los franceses habían alimentado por décadas, aunque no siempre con tanta obviedad.

Durante la Guerra Fría, incluso cuando toda Europa occidental dependía de la protección americana contra los Soviets, Francia usó lo que Leslie Gelb del Consejo de Relaciones Exteriores había denominado “una lanza larga” para expresar su desprecio por América.
Sus pinchazos a la dominación Americana eran a distancia; aunque molesta, no representaban una amenaza seria a la posición de Francia en la Alianza Atlántica. Esta vez, sin embargo, las lanzas largas se abandonaron en favor de dagas de corto alcance.
La estrategia era algo así como un tiovivo.

El primer paso era ayudar realmente a los Estados Unidos a lograr una resolución de la ONU para el desarme de Irak. Después de aparentar estar en el lado correcto, incluso atrayendo a un estado árabe, Siria, los franceses maniobraron para quitarle fuerza a la resolución y evitar que se hiciera efectiva por medios militares, evitando la guerra y pasándose a las líneas de sus amigos árabes. No se consideraba un cambio de régimen patrocinado por América; solo el desarme por los inspectores de la ONU.

El plan de los franceses era atar a los Estados Unidos en la ONU, una estrategia de atar y atontar que requería numerosas conversaciones sobre planes intrincados para realizar las inspecciones y un montón de almuerzos soberbios (con mucho vino) designados para seducir a otros miembros del Consejo de Seguridad y ganarlos para la causa francesa.

Funcionarios franceses ayudaron a los esfuerzos del Secretario de Estado Colin Powell para persuadir al Presidente Bush y a otros miembros de la administración que el desarme era un asunto que lo llevaba mejor la ONU.

El 8 de noviembre de 2002, el Consejo de Seguridad aprobó por unanimidad la Resolución 1441, que requería a Iraq para que admitiera inspectores de armas e inspecciones totales.
Pero Francia planeó parar el desarrollo en Iraq de la Resolución 1441: los franceses estaban seguros de que los Estados Unidos no irían más lejos.

”No habría una respuesta automática al recurso a la fuerza” según declaró Jacques Chirac el día anterior al voto en el Consejo de Seguridad. “Repito que el Consejo de Seguridad tiene que volver a reunirse para considerar cualquier posible violación por parte de Iraq de sus obligaciones”. La Administración Bush veía las cosas de una manera diferente.
La resolución prometía “serias consecuencias” si Iraq no cumplía totalmente y para el Presidente Bush (y el pueblo americano) la resolución carecía de significado si se vaciaba de contenido la amenaza de recurrir a la fuerza.

Durante todo este tiempo, por supuesto, los franceses habían estado maniobrando para salvar a Sadam Husein. La propuesta francesa de que la ONU emitiera dos resoluciones sobre Iraq tenía un propósito: frustrar el intento de los Estados Unidos de “cambiar el régimen”. Los franceses se hubieran contentado con el desarme de Iraq y nada más. Según el plan francés, Sadam sería obligado a entregar cualquier tipo de armas de destrucción masiva, pero Iraq quedaría bajo su control.

“El objetivo”, decía el Presidente Chirac cuando subía a bordo en un viaje a Oriente Medio mientras el debate en la ONU estaba que hervía, “es desarmar a Iraq, no es cambiar el régimen”. Chirac empezó a lanzar reprobaciones públicas a Sadam tan pronto como Iraq anunció que aceptaría que volviesen los inspectores de armas y el Consejo de Seguridad de la ONU emitía la Resolución 1441.
Iraq no debe cometer ningún error, advertía Chirac; debe de cooperar totalmente en las inspecciones que estaba previsto que comenzasen a mediados de 2002. “Iraq no debe cometer ningún error esta vez” decía Chirac. “Su total cooperación con la comunidad internacional es indispensable”. Pero el gamberrismo sistemático de Iraq con los requerimientos para que se desarmara continuaron hasta fines de 2002.

Los inspectores de armas reanudaron su trabajo a fines de noviembres y el 7 de diciembre, Iraq hizo público un informe de 12.000 páginas sobre sus actividades químicas, biológicas y nucleares, diciendo que no tenía armas prohibidas, pero rechazando explicar cómo fueron destruidas. Los franceses reconocieron inmediatamente que la declaración era tan inadecuada que evidenciaba ser un ardid y podía convertirse en el detonante para que los americanos fueran a la guerra.
“Solemnemente afirmo aquí que la guerra no es inevitable” decía Villepin a la Asamblea Nacional el 11 de diciembre de 2002, “así nuestra acción está basada en la primacía de la ley y los valores morales sobre la fuerza; nos guía la convicción de que una solución política pacífica es posible”. La administración Bush no iba a comprar esta mercancía.

Cuatro días antes de navidades, el Presidente Bush aprobó el despliegue de unos 200.000 soldados en la región del Golfo, para que estuvieran en la zona para marzo lo más tardar. Los primeros días de 2003, según los preparativos para la guerra continuaban, Francia endureció su posición en silencio. Incluso así Colin Powell pensó que tenía la promesa de Francia de no usar su poder de veto en el Consejo de Seguridad para bloquear una resolución sobre la guerra patrocinada por los US, que era exactamente lo que tenían previsto hacer.

Villepin tenía previsto convocar un encuentro de ministros de las Naciones Unidas en Nueva York el 20 de enero de 2003 contra el terrorismo. Era un encuentro al que Colin Powell tenía previsto no acudir, pero Villepin intercedió personalmente y persuadió a Powell para que acudiera. Después de todo, Villepin había colaborado para asegurar una aprobación por unanimidad de la Resolución 1441, sólo algunos meses antes; Powell era todavía partidario de mantener el apoyo francés, incluso tan molesto como era.
Como un gesto de cortesía hacía Villepin, que había reafirmado que Francia no usaría su derecho a veto contra los planes americanos sobre Iraq, Powell cambió su agenda.

El 20 de enero, en la sede central de la Naciones Unidas en Nueva York, la conferencia sobre el terrorismo rápidamente se convirtió en un debate sobre la guerra de Iraq y una emboscada. Alemania endureció su posición contra la guerra, y Villepin humilló a Powell públicamente insistiendo, en voz alta y con altanería, que no había razón para ir a la guerra mientras que los inspectores de armas estuvieran trabajando. Cogido con la guardia bajada y desprevenido, Powell se quedó perplejo al oír que Villepin amenazaba con el movimiento con que precisamente Powell pensó que no se haría: el veto francés.

Sólo una semana antes, Villepin había prometido que Francia haría frente a sus “responsabilidades”, si Iraq no cooperaba a desarmarse. Ahora, al final de la conferencia, declaró: “Nada [de lo que había sucedido] justifica hoy que contemplemos una acción militar”, y acusó a la administración Bush, y a Powell en particular, de “impaciencia” por comenzar la guerra.

Según Tony Allen-Mills y David Cracknell informaron en el Sunday Times de Londres, “Fuentes americanas dijeron que… Powell estaba “incandescente de rabia”, por lo que él consideró una traición de Francia para atraerle a una reunión y apuñalarlo públicamente por la espalda”.

¿Sintieron los franceses haber tratado a su aliado y protector durante mucho tiempo de una manera tan ruin? No. No mucho después de la emboscada en la ONU, los franceses pretendieron que ellos eran las verdaderas víctimas. “Lo que nos preocupa es que la francofobia se está convirtiendo en algo habitual y podría incitar a ataques físicos contra las personas” declaró el portavoz del ministerio de exteriores, François Rivaseau en un informativo en París.

Para entonces, el movimiento antiguerra se había desplazado desde el ministro de exteriores francés a las calles de América y Europa. El 10 de diciembre de 2002, el Día Mundial de los Derechos Humanos, los manifestantes contra la guerra recorrieron las calles de toda América.

El 15 de febrero de 2003, millones de personas tomaron la calles de Europa para protestar contra la guerra que se avecinaba y condenar a George W. Bush.

En la PBS's News Hour con Jim Lehrer, el comentarista David Brooks cuestionó la sensatez de los manifestantes. “Éste es un régimen que tiene equipos profesionales de violadores en su ejército que violaban a mujeres y enviaban las cintas de video a sus padres. Éste era un régimen que encarcelaba a las madres con sus hijos, ponía a estos en las celdas de enfrente y forzaba a las madres a ver como sus hijos morían de hambre. ¿Qué tenéis que decir en defensa de este régimen?”

En el Wall Street Journal, Mike González señaló que Villepin había puesto a funcionar el ventilador con sentimientos antingleses que databan de hacía siglos en su intento de bloquear el camino hacia la guerra. “Dijo a los legisladores que la batalla de Iraq era realmente la batalla contra el liberalismo anglosajón, según me dijo un miembro de la Asamblea [Nacional]”. Y González resaltó que la frase “fuerzas anglo-americanas” usada repetidamente en los informes de los medios franceses sobre la guerra de Iraq, venía directamente de la propaganda del Vichy pronazi durante la II Guerra Mundial.

Villepin subrayo repetidamente en una entrevista en L'Express: “No cometamos errores sobre esto: la opción, seguramente, está entre dos visiones del mundo”. La visión francesa y la visión americana. Como quiera que sea, Francia insistió en desafiar a América. ¿Pudiera ser, como Thomas Friedman del New York Times concluyó, que Francia se haya convertido en enemiga de América?

La inclinación francesa a abrazar cualquier causa que América condenara alcanzó tragicómicas proporciones en febrero de 2003, cuando Jacques Chirac le dio la bienvenida al rapaz y genocida Robert Mugabe de Zimbawe en una conferencia sobre África celebrada en Francia. Era algo ya visto una y otra vez:
Chirac una vez recibió al mismo Sadam Husein durante su visita a la Ciudad de la Luz poco después de que llegara al poder. (Sadam estaba en una visita de negocios: Chirac le estaba ayudando a arreglar la compra de la central nuclear de Osirak, que estuvo a punto de funcionar antes de que los israelíes (afortunadamente) la bombardearan preventivamente).

El dictador Mugabe dijo que se sentía “como en casa” en París, incluso cuando la policía francesa golpeó a gente que protestaba contra Mugabe en las calles de París. “El Presidente Chirac insistió en que acudiéramos al encuentro”, dijo Mugabe. “Él defiende firmemente sus principios. Necesitamos líderes de su estatura”. Chirac más tarde acordó que el protocolo no contemplara besar a Mugabe en las dos mejillas en la apertura de la conferencia, que Mugabe, su esposa y su séquito usaron como pretexto para irse de compras por París.

Los Estados Unidos no fueron el único país que se sintió escandalizado por la visita de Mugabe a París, pero Francia parecía estar especialmente entusiasmada en hacer desfilar su independencia de los Estados Unidos. El mismo mes, el 5 de febrero, Colin Powell compareció ante el Consejo de Seguridad de la Naciones Unidas para presentar el caso en nombre de América de que Sadam había incumplido la Resolución 1441.
Los franceses recibieron sus argumentos fríamente e insistieron en que las inspecciones estaban en marcha y continuarían. Desde el 14 de febrero, cuando los Estados Unidos pidieron una segunda resolución autorizando el uso de la fuerza contra Iraq, hasta el 14 de marzo, cuando los Estados Unidos se dieron cuenta de que no se emitiría, Chirac y Villepin pronunciaron discursos ante el Consejo de Seguridad contra la guerra y contra el unilateralismo americano y declararon en entrevistas que los inspectores estaban teniendo éxito. Sus actuaciones pudieran haber hinchado el orgullo de Francia; seguro que también hubieran alegrado al propio Sadam.

El 9 de marzo, Villepin pronunció un apasionado discurso ante el Consejo de Seguridad, delineando su propuesta para aumentar la autoridad y efectividad de los inspectores de armas. “Y digo esto en nombre de nuestra amistad hacia el pueblo americano” dijo, “en el nombre de nuestros valores comunes: libertad, justicia, tolerancia”. Francia le estaba proponiendo al pueblo americano llevar hasta Sadam Husein los valores comunes de libertad, justicia y tolerancia, virtudes que él había desterrado de su propio país desde hacía décadas.

Era un desafío absurdo y algo que no tuvo repercusión en el pueblo americano: los sondeos mostraban que una aplastante mayoría apoyaba a la decisión de la administración Bush para derrocar a Sadam.
Pero Villepin lo hizo bien en las tribunas de París, sin mencionar las de Berlín, Roma, El Cairo, Damasco y Gaza.
Los franceses estaban especialmente orgullosos de sus guerreros anti guerra.

El Journal du Dimanche proclamaba que “Francia había hablado, resistido, propuesto la ley y su voz había sido oída”. ”La arrogancia de muchas personas de la administración Bush, particularmente el Secretario de Defensa Donald Rumsfeld, había agitado sin duda una actitud de desafío entre los académicos franceses, que condujeron el debate en Francia”, según informó Pierre Taminiaux, un profesor asociado de francés en la Georgetown University. “Tanto la izquierda como la derecha francesa están unidas en su repugnancia hacia el hábito de la administración Bush de dar zancadas a nivel mundial sin la más mínima humildad”.

Los americanos que escucharon tales comentarios sólo pudieron parpadear sin acabar de creérselo. En el núcleo de la posición francesa estaba la noción de que el mundo podría confiar que Sadam Husein se desarmaría.

El Primer Ministro Raffarin declaró: “Como Dominique de Villepin dijo, tomémosle la palabra a Iraq”. Los franceses rechazaron los temores americanos sobre un malevolente régimen iraquí que planeaba complots contra los Estados Unidos. “Nosotros podríamos haber desarmado a Iraq de otra manera”, Raffarin insistía, aunque se mostraba desconcertado cuando se le presionaba para que dijera como se podría lograr, considerando el fracaso de doce años de coerción pacífica.
La visón francesa, aparentemente, era simple siempre y cuando se conservase el régimen de Sadam, la misión de los inspectores estaba funcionando.

En su informe “Carta desde París”, Douglas Davis de The Jerusalem Post observó: “Animado por la gran popularidad que le dio su mensaje en Francia, Chirac debe estar satisfecho por los sondeos del día anterior a la Guerra que decían que no solo una aplastante mayoría se oponía a la guerra, sino que un tercio de la opinión francesa tenía la esperanza de que Sadam obtuviera la victoria”.

Para el 20 de marzo, el día después del primer bombardeo de Bagdad, los sondeos de opinión mostraban que el
92% apoyaban a Chirac y a Villepin. Significativamente, el
62% decía que también creían que la posición de Francia a nivel mundial había mejorado como resultado de su posición en la crisis.
Entre los franceses, casi la mitad de los encuestados decía que creían que el principal objetivo de la guerra liderado por los USA era para controlar los campos petrolíferos iraquíes.
Otro 17% decía que Washington buscaba imponer su dominación en Oriente Medio.
Solo un 3% decía que pensaban que el objetivo era desarmar a Iraq de armas de destrucción masiva, uno de los múltiples justificaciones para la guerra.

Entrevistado por el diario francés Le Figaro el 24 de febrero, a Villepin se le preguntó: “¿Está usted preocupado por parecer que defiende a Sadam Husein?”. Totalmente no, respondió Villepin. “Estamos adheridos con decisión y responsablemente a los objetivos expuestos por las Naciones Unidas. Debemos saber cómo conseguir nuestros objetivos. Con las mejores de las intenciones, nos podríamos ver envueltos en objetivos contrarios a aquellos que buscamos. Una acción prematura, especialmente una operación militar supondría un peligro de desestabilización y un reavivamiento del terrorismo”. EL entrevistador no preguntó si Villepin realmente creía que un reavivamiento del terrorismo no estaba ya en marcha.
Un conflicto militar así, según decía Villepin, “correría el riesgo de agravar ciertos conflictos y por eso, al final, traer desunión a la comunidad internacional y traer la incertidumbre al mundo.

Nos encontraríamos en una situación donde el concepto de desarrollo de un modelo para futuras acciones a través de lo que estamos haciendo con las inspecciones sería destruido”. Aparentemente, Villepin tenía la esperanza de que el modelo de inspección de armas, un desastre inefectivo cuando era aplicado a Sadam, se pudiera extender también, a otras naciones gamberras. Pero no parecía que realmente importara a los franceses llevar a tales estados gamberros ante la justicia. Sus líderes parecían estar más preocupados por estorbar los planes de los americanos para la guerra.

“¿Es el propósito de la segunda resolución de la que se está tratando sancionar el fracaso de los inspecciones, cuando estamos viendo que están progresando, o es su propósito el obtener el apoyo de la comunidad internacional para un guión que parece haber sido escrito con antelación?”, Villepin preguntaba retóricamente. “Van a ser aplastados. Estamos en el comienzo de una guerra de cien años”, declaraba furiosamente Jacques Myard, un miembro del gobierno de Chirac, en un ataque de cólera dirigida contra los Estados Unidos.

Si los americanos no estaban seguros sobre si los franceses iban a ejercer su derecho a veto en las Naciones Unidas para derrotar la segunda resolución que autorizara la guerra, solo tendrían que haber oído la entrevista al Presidente Chirac en la televisión francesa el 10 de marzo. “Repito: Francia se opondrá a la resolución. Para que una resolución se pueda adoptar, debe de haber una mayoría de 9 miembros. Esta resolución no tendrá una mayoría de nueve miembros”.

Colin Powell y el embajador de los Estados Unidos ante las Naciones Unidas, John Negroponte, estaban trabajando duro para conseguir esos votos. Entonces, ¿por qué estaba Chirac tan seguro de que no tendrían éxito?. Porque Villepin estaba volando a todo el mundo para organizar la oposición internacional contra los Estados Unidos.
Tenía un potente argumento: si Francia estaba amenazando con usar su derecho al veto, ¿por qué otras naciones del Consejo de Seguridad sacarían pecho y se pondrían de parte de la impopular América? Respuesta: No lo harían. ”En otras palabras, ¿Francia no necesitaría usar su derecho a veto?”, le preguntó el periodista a Chirac. “Con estos supuestos, es exactamente cierto”, respondió Chirac. El periodista presionó a Chirac. “Alguien, incluyendo algunos miembros del partido en el gobierno, han dicho que [ejercer el derecho a veto] sería disparar una bala en la espalda de nuestros aliados…” ”No se deje influenciar por la polémica” replicó Chirac, apartándose tímidamente de una imagen tan potente como era la traición. “Repito: la guerra es siempre la peor solución”

Es fascinante darse cuenta de que la nueva visión que tenía Chirac sobre el papel de su nación en la política internacional nada tenía que ver con la de su legendario antecesor, el general Charles de Gaulle. Fue de Gaulle quien dijo de las Naciones Unidas, “No hay que decir que, bajo ningunas circunstancias, Francia aceptará que una colección de estados más o menos totalitarios, antiguos dictadores y nuevos estados inventados… le dicten la ley”. Esa era exactamente la colección de países que Villepin estaba organizando para que apoyaran a Francia y se opusieran a América.

Tirando a la basura la estricta norma de de Gaulle sobre las Naciones Unidas, la Francia de Chirac y Villepin, por el contrario, lanzaron fuerte corriente de declaraciones, discursos, pronunciamientos y documentos que insistían en que las Naciones Unidas eran el primer legislador mundial, esa acción, tomada sin el consentimiento de la ONU era ilegal en todos los casos y Francia, naturalmente, obedecería cualquier ley hecha por la ONU.

Era un momento histórico fascinante: George W. Bush permaneció firme en la posición de de Gaulle y el actual liderazgo francés contrario a la posición de de Gaulle.
Fue Bush quien siguió el principio de de Gaulle de que “ninguna colección de estados totalitarios y antiguos padrinos de dictadores y nuevos estados inventados” iban a dictarle la ley a los Estados Unidos. Y fue Chirac quien puso de rodillas a Francia ante esa variopinta colección de países y exigió a los Estados Unidos que hicieran lo mismo.

Los americanos vieron la pintada en la pared. El 14 de marzo, los Estados Unidos retiraron su propuesta para la segunda resolución; tres días después, el Presidente Bush lanzó un ultimátum que daba a Sadam Husein y a sus hijos Uday y Qusay 48 horas para salir de Iraq.

El 19 de marzo, casi en el momento en que se cumplía el plazo dado en el ultimátum, los Estados Unidos intentaron un ataque a la cabeza en Bagdad, bombardeando una instalación donde la CIA creía que Sadam estaba durmiendo. El edificio fue destruido, pero pareció que Sadam escapó vivo.

El 20 de marzo, siete horas y media después de que se lanzaran las primeras bombas, Francia denunció la “Guerra ilegítima y peligrosa”. Esa tarde, el primer ministro británico, Tony Blair, voló a Bruselas para cenar con Chirac.
Los dos líderes europeos, uno proamericano y otro antiamericano, intercambiaron opiniones. Esto pudo no parecer muy bien a ninguno de los dos. Chirac había roto la confianza con una alianza que había salvado a Francia dos veces de los alemanes y había mantenido lejos a los soviets durante cuatro décadas. Y Blair, cuya solidaridad, con Bush lo puso en un tremendo riesgo político, sin duda se dio cuenta de que la mitad de su población herviría por la cólera a causa de su decisión.

Chirac dijo en una declaración escrita que “justo al final, Francia, junto a otros muchos países, luchó por convencer que el necesario desarme de Iraq se obtendría por medios pacíficos”. Prometió que Francia continuaría trabajando “en el marco de las Naciones Unidas, el único entorno adecuado para construir la paz, en Iraq y en cualquier otro sitio”.

En los primeros días de la guerra, mientras que los aviones estaban bombardeando Bagdad y vehículos blindados se dirigían hacia la capital Iraquí, Villepin fue a Inglaterra para participar en una mesa redonda en un instituto de relaciones internacionales. A pesar de todo el debate de la preguerra en Gran Bretaña, una vez que los ingleses entraron en batalla, la población se puso resueltamente de parte de sus soldados.

Así, cuando se le preguntó a Villepin que quién creía él que iba a ganar en la guerra de Iraq, la coalición angloamericana o los iraquíes, cayó en la trampa. Irritado, trató de esquivar la respuesta, pero fue presionado por el periodista inglés. “No voy a contestar”, dijo, porque usted no ha puesto atención a lo que he dicho anteriormente. Presionado repetidamente para que dijera de qué parte estaba realmente, Villepin continuó evitando dar cualquier apoyo a la coalición de fuerzas angloamericanas.
“Naturalmente deseo que se encuentre un modo de acabar este conflicto con el menor número de víctimas posible”.

Cuando el enfado de Inglaterra y de América forzó a lanzar una serie de preguntas al día siguiente, ¿aseguró el portavoz del ministro a los americanos que eso fue un malentendido? Ciertamente no. “Estamos escandalizados por la presentación que se hizo de las palabras del ministro. Sus comentarios estaban totalmente desprovistos de ambigüedad”, dijo Francois Rivasseau, portavoz de Villepin. “No es aceptable en estas circunstancias que la posición de Francia sea deformada o mal presentada”. ¿En qué podría haber estado pensando Villepin para haber tenido esa cobarde evasión? La audiencia francesa por un lado.

En ese momento inicial del conflicto de Iraq, un tercio de la opinión pública francesa decía a los encuestadores que querían que ganara Iraq y que perdiera América . Los dos tercios restantes eran menos propensos a ponerse contra los americanos, pero se oponían a la guerra vehementemente.

El 9 de abril, después de 18 días en el campo de batalla, los tanques americanos entraron en Bagdad. “Francia, como todas las democracias, expresa su satisfacción por la caída de la dictadura de Sadam Husein y desea una rápida y efectiva finalización de los combates”, dijo la oficina del Presidente Chirac en una declaración escrita. “Es necesario ahora que se creen las condiciones que devuelvan al pueblo iraquí su dignidad y su recobrada libertad.” Villepin secundó el movimiento: “Juntos, ahora debemos de construir la paz en Iraq y para Francia eso significa que las Naciones Unidas deben jugar un papel central” declaró el ministro de exteriores el 10 de abril.

La corresponsal de la BBC Emma Jane Kirby, en París, el día de la caída de Bagdad, informó que “muchos franceses, que creían que esta era una guerra ilegal y debida a un calentón, se han quedado atónitos por la bienvenida que se les dio a las fuerzas americanas el miércoles”. Y confirmó que el gobierno de Chirac había recogido el fruto maduro como recompensa por su posición contra la guerra.

“El diario izquierdista Liberation dijo que Chirac se había convertido en el “rey de la paz sin corona”. Incluso los árabes estaban extasiados por los movimientos al filo del precipicio de Saladino Al-Chirac, por el modo tan minucioso con el que su gobierno deseó alienarse con sus aliados en nombre de la “paz”.

El columnista Amir Taheri citó a un alto funcionario egipcio justo antes de la caída de Bagdad: “No podemos entender a Chirac. Es un misterio el por qué quiere salvar a Sadam arruinando las relaciones con Washington y con Londres”. Según Taheri, muchos árabes vieron el comportamiento de Chirac como un “intento desesperado” por sostener a Sadam.

”Iraq también ha desenterrado un mundo de frustración europea por su propia impotencia mientras que el poder americano parecía desbordarse”, escribía Frederick Kempe en el Wall Street Journal después del primer fin de semana en el que las tropas americanas sufrieron significativas pérdidas. “Percibo entre muchos europeos el deseo de ver que América fracasa, incluso una presumida autosatisfación por los sangrientos contratiempos del fin de semana”.

Pero los líderes franceses y muchos de sus vecinos occidentales –Bélgica, Alemania y Luxemburgo entre ellos- tienen sus propias preocupaciones militares. El debate sobre la guerra de Iraq tomó color por una verdad deslumbrante: ninguna de las naciones desplegadas en oposición a los Estados Unidos tenían la más mínima capacidad militar para significar ninguna disuasión seria contra la coalición, cualquier apoyo que hubieran ofrecido no merecía la pena por barato que hubiese sido. Ellos estaban absolutamente fuera de juego.

A finales de abril, las naciones mencionadas antes se reunieron en una mini cumbre en Bélgica para dar la impresión de estar discutiendo sus capacidades defensivas y planes futuros. La “Cumbre de Praline” como fue llamada intencionadamente, fue un intento transparente para dar al primer ministro belga (que era el anfitrión de la cumbre) unos pocos segundos a nivel mundial. Pero construir cualquier fuerza militar significativa, incluso un ejercito pequeño de intervención rápida de unos 60.000 soldados, hubiera requerido pellizcar al estado del bienestar europeo, una amenaza que sin duda hubiera provocado cientos de miles de manifestantes que se hubieran reunido en los mítines y en las urnas para echar a los líderes que hubieran sugerido eso.

A pesar de la ambición francesa por dominar a los Estados Unidos de Europa, nadie se cree que ningún país europeo, o incluso los Estados Unidos de Europa, pudiera reunir el presupuesto para desafiar a los USA militarmente.
América gastó más en defensa que el resto de los países de la OTAN juntos, $322.000 millones en 2001, que se elevarán a $600.000 en un futuro inmediato, mientras que Francia y Alemania sólo llegaron recientemente a $59.000 millones, de cinco a diez veces menos que sus aliados de la otra parte del Atlántico.

Al final, Alemania, Francia, Bélgica y Luxemburgo evitaron la cuestión de formar una fuerza militar conjunta y decidieron en su lugar construir un nuevo cuartel general para la defensa europea al margen del cuartel general de la OTAN en Bruselas. Otro gran salón de madera pulimentada y lámparas destellantes, dispuesto para albergar el desfile de dignatarios europeos que acuden a encuentros y toman la decisión de reunirse en nuevas cumbres.

[De Hating America de John Gibson. Harper Collins Publishers.
Usado con permiso].

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