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¿Por qué perdimos la Guerra de 1.914?


El Arte de la Estrategia

¿Por qué perdimos la Guerra de 1.914?


TCOL. AVIACIÓN D. CARLOS MESTRE BAREA. EJERCITO DEL AIRE DE ESPAÑA

Publicado en la Revista de Aeronáutica y Astronáutica, en abril de 2.001. (antes de los sucesos del 11-S)
Hace poco más de 15 años los expertos militares pensaban que la revolución tecnológica en el campo militar dejaría a las naciones en desarrollo, como la nuestra, imposibilitadas para oponerse a las potencias tecnológicas. Los expertos occidentales al final del siglo XX, pensaban que la ciencia y la tecnología jugarían el papel decisivo.
Las imaginaban a gran distancia de sus territorios nacionales y hablaban de ‘ciber-guerras’ y de ‘guerras de la información’ contra enemigos muy inferiores tecnológicamente. Y una vez más, los occidentales, daban por supuesto que sus potenciales enemigos aceptarían su interpretación de lo que es la ‘revolución tecnológica’.

Los enemigos del mundo occidental al comienzo del siglo XXI se convirtieron en enemigos, precisamente, porque no compartían los valores de esa civilización corrupta, ni tampoco su visión filosófica de la humanidad. Tanto el final del siglo XX como el comienzo del siglo XXI vio la emergencia de lo que el historiador británico John Keegan llamó las ‘sociedades de guerreros’.

Los occidentales empezaron a darse cuenta durante los últimos años, de quienes eran sus verdaderos enemigos: sociedades que no se comportan de acuerdo a lo que los esquemas occidentales establecen como racional, que son capaces de atrocidades difíciles de describir con simples palabras y que no les importa sacrificar a muchos de los suyos, incluidos los niños, con tal de que sobrevivan determinadas ideas religiosas o políticas.

Demasiados occidentales daban por asumido que estas sociedades de guerreros, carecían de la sofisticación necesaria para integrar las nuevas tecnologías en una doctrina militar que pudiera derrotar a Occidente. La ‘cibernética’, que es la base de la revolución tecnológica, no requiere una infraestructura tan complicada como la necesaria para producir las tradicionales máquinas de guerra, barcos, aviones o tanques. Con plataformas como esas, el poder militar de Occidente dominaba el mundo.

La tecnología de la información, sin embargo, ha cambiado radicalmente todo eso ya que su utilización requiere potencial humano, el cual usando ordenadores comerciales simples y baratos, puede llevar a cabo los desarrollos tecnológicos necesarios.
Además, con la filosofía monetarista de los logistas occidentales que patrocina el acudir cada vez más a los canales comerciales normales para pertrechar a sus ejércitos, nosotros podemos adquirir los mismos productos en mercados internacionales, y muchas veces más rápido que lo puedan hacer las democracias occidentales a través de los burocráticos canales que las leyes de contratos les obligan a seguir.

Aunque los occidentales proclamaban que la tecnología de la información les permitiría introducirse en el ‘proceso de la decisión’ del enemigo, lo realmente irónico es que fuimos nosotros quienes nos metimos en sus ‘procesos de adquisición’ ya que éramos capaces de adquirir sistemas nuevos, antes incluso de que ellos hubiesen comprado los suyos, que en ocasiones estaban ya obsoletos en el momento de concluir sus larguísimos programas de adquisición.

Los occidentales también subestimaron los efectos del rápido bajón de los ciber-precios, puesto que en el año 2.000 ya podíamos comprar chips de silicio a 100 $ y con la misma potencia de cálculo que tenían los supercomputadores de 320 millones $ de los sistemas de defensa, al principio de la década de los 90.
De esta manera, muchos de los mecanismos utilizados en nuestros sistemas de comunicaciones, por ejemplo, resultaban tan baratos y miniaturizados que se podían hacer mil veces redundantes. Era prácticamente imposible que un ciber-asalto pudiera eliminar todos los sistemas a la vez.
Y para mayor desgracia de nuestros enemigos, el gran desarrollo del software disminuyó la demanda de especialistas altamente cualificados necesarios para operar los complejos sistemas de armas existentes.

Así que soldados con una preparación técnica muy escasa podían convertirse rápidamente en operadores eficaces de los nuevos sistemas. Gracias al Altísimo, el microchip terminó con la ventaja en información y entrenamiento que habían disfrutado los soldados occidentales hasta entonces.

En cualquier caso, decidimos no preocuparnos demasiado si no éramos capaces, en cada momento concreto, de hacer frente a alguna nueva sorpresa tecnológica de los occidentales. Hoy estamos seguros de que la dependencia de los ciber-sistemas no es una potencialidad absoluta. Las organizaciones tecnológicamente avanzadas son más vulnerables a la guerra de la información simplemente porque son dependientes precisamente de esa información. Por ejemplo, nosotros vemos la globalización tecnológica del mundo de la prensa, radio, y TV como una nueva manera de hacer nuestra Guerra Santa.

Al terminar la primera década del siglo XXI, las agencias internacionales de noticias dejaron de ser dependientes de los gobiernos a la hora de producir las noticias en la zona de conflicto ya que disponían de medios propios de comunicación muy avanzadas tecnológicamente. La seguridad en las operaciones militares se hizo casi imposible puesto que los potentes grupos económicos que dominaban el mundo de la información periodística lanzaron satélites de comunicaciones y de observación e incluso sus propios UAVs reconocimiento para transmitir en tiempo real escenas del campo de batalla.

Esta enorme cantidad de información estaba, por supuesto, disponible para cualquiera, incluidos nosotros. No teníamos, por tanto, necesidad de construir satélites costosos o incluso pagar a espías; en su lugar utilizábamos el libre flujo de datos que navegaba por Internet, ya que las democráticas leyes occidentales del derecho a la información hacían imposible el consenso político necesario para interferir el trabajo de los medios.
De hecho, la tecnología ha hecho posible la ‘igualdad en la información’ más que el ‘dominio de la información’ que era lo que patrocinaba la revolución tecnológica militar de finales del siglo XX.

Nos dimos cuenta de que los cambios tecnológicos tan radicales que se habían producido en los medios, nos permitían desarrollar una estrategia que explotaba el miedo de los occidentales a las bajas en los conflictos militares. Esta sensibilidad exquisita a la hora de usar la fuerza contra la barbarie, hacía posible que adversarios muy inferiores tecnológicamente pudieran derrotar a superpotencias. Como ejemplo podemos señalar que la muerte de 18 soldados americanos en Somalia, seguida por las escenas de TV del cuerpo de uno de esos soldados arrastrado por las calles de Mogadiscio, causó tal protesta entre el público americano que forzó a las autoridades a limitar sus objetivos políticos.

De la misma forma el temor reverencial a las muertes tanto propias, como del enemigo, hizo que las intervenciones occidentales contra los genocidios en Bosnia y en la antigua Yugoslavia estuvieran llenas de limitaciones que proporcionaron grandes ventajas operativas a sus adversarios.

De esta manera, el intentar capitalizar el poder de los medios (principalmente la TV) se convirtió en parte de nuestra estrategia, haciendo la guerra de la manera más brutal y despiadada posible para influenciar de esta forma a los líderes políticos al exponer esa brutalidad ante los ojos de sus ciudadanos.
Esta estrategia casaba muy bien con nuestra manera de ser como nación. Los países como el nuestro, organizados socialmente sobre la base de unas poderosísimas corrientes étnicas, religiosas o culturales y con frecuencia dotadas de unas potentes fuerzas de seguridad, son mucho más resistentes a las vacilaciones de la opinión pública que las pluralistas democracias occidentales.

Nuestra estrategia fue hacer una guerra tan psicológicamente costosa para los ciudadanos occidentales que sus gobiernos perdieran la voluntad de vencer. Para hacer eso, por supuesto que no nos considerábamos obligados a seguir las decadentes y restrictivas ideas occidentales sobre legalidad y moralidad.
Lo que ellos llaman ‘Leyes de la Guerra’ o ‘Derecho Humanitario de los Conflictos Armados’ fue concebido para mantener a nuestra gente en la opresión desde la I Guerra Mundial. Además, este tipo de leyes no ha sido nunca disuasivo porque no ha existido la convicción profunda de hacerlas cumplir hasta sus últimas consecuencias.

La revolución tecnológica, por tanto, no hizo a la guerra menos cruenta; la guerra nunca fue el intercambio, caballeresco e inocuo, de ondas electromagnéticas que algunos habían pronosticado.
Por el contrario, con nuestra estrategia se convirtió en mucho más brutal que nunca, por lo menos a los ojos de los ciudadanos occidentales que ahora eran capaces, desde sus casas, de meterse dentro del campo de batalla, gracias a los nuevos sistemas de comunicaciones utilizados por las agencias de noticias. Las familias, desde el sofá de su sala de TV podían ver y escuchar en directo, cómo sus seres queridos morían en los combates.

El horror de tales experiencias hizo saltar por los aires las predicciones que habían hecho los entusiastas ciber-profetas sobre los conflictos ‘no- letales’ o ‘quirúrgicos’ que se avecinaban. Esperábamos que los occidentales llevarían a cabo esta supuesta ‘guerra sin sangre’, asaltándonos desde gran distancia con sus ciber-armas.
Teníamos claro que no podríamos parar sus sofisticadas máquinas aéreas y que éstas serían capaces de golpear en cualquier punto de nuestra geografía. Los ataques aéreos capaces de colapsar los servicios públicos de una nación es posible que puedan disuadir a pueblos como ellos, pero jamás a nuestro pueblo, acostumbrado, como está, a los mayores sufrimientos y penalidades.

Tratando de buscar una manera eficaz de proteger nuestras instalaciones más valiosas, examinamos de nuevo la historia y encontramos el ejemplo del conflicto de Bosnia en los 90, cuando las tropas servias contuvieron con éxito el poder aéreo de la OTAN utilizando observadores de la ONU como escudos humanos.

Por tanto, la toma de rehenes se convirtió en elemento fundamental de nuestra doctrina militar y de esa forma, mostrándolos descaradamente ante la prensa y la TV mundial, encadenamos a los prisioneros a instalaciones vitales, tanques, vehículos militares e incluso los hicimos subir a nuestros aviones de transporte y helicópteros.

Puesto que éramos conscientes de que los enormes prejuicios morales de la cultura occidental complicarían extraordinariamente sus esfuerzos para atacarnos, integramos totalmente nuestra infraestructura militar dentro de áreas civiles. De esa forma, enterramos nuestros centros logísticos y de mando y control debajo de escuelas, hospitales, bloques de viviendas e incluso en lugares religiosos o campos de prisioneros.

Constantemente buscábamos nuevas e imaginativas maneras de transformar nuestras debilidades tecnológicas en potencialidades decisivas. Con material y expertos de países hostiles a los occidentales y con la ayuda de mafias de la antigua Unión Soviética, fuimos capaces de construir una bomba nuclear en el año 2.010.
Sin embargo, en ese momento todavía no disponíamos de un vector de lanzamiento capaz de sobrepasar el sistema de defensa de misiles de teatro que los americanos ponían a disposición de las potencias occidentales.
Pero al fin encontramos una manera de utilizar nuestra arma nuclear contra nuestros enemigos. Veo en muchos de vosotros caras de sorpresa. Sí es verdad, nuestra Gran Ciudad fue destruida por un ataque atómico que mató a 30.000 de los nuestros. Pero amigos míos, no fue un arma occidental la que explotó. ¡Fue la nuestra!.

Lo explicaré. En una cultura de guerreros, nada resulta más glorioso que morir en la batalla. Para nosotros, como para otras gentes no occidentales, el martirio y la autoinmolación son valores culturales más importantes que la propia vida. Por eso proporcionamos a nuestra propia gente el honor de morir por la Causa. Inmediatamente después del comienzo de la guerra, colocamos un artefacto nuclear en nuestra Ciudad, escondido en una ambulancia (protegida, por supuesto, de los ataques aéreos por su cruz roja pintada en el techo).
Después, indujimos a los occidentales a atacarnos ya que construimos una planta de productos para la guerra química y bacteriológica, justo en el corazón de nuestra Ciudad y de tal manera que fuera relativamente fácil, para sus satélites espías, el descubrirla.
Les dimos la oportunidad a algunos periodistas elegidos de que retransmitieran en directo el raid aéreo. En el momento en que los occidentales lanzaron sus primeras bombas, hicimos explotar secretamente nuestro artefacto nuclear.

La espectacular seta atómica arrasó todo lo que existía a muchos kilómetros a la redonda y causó el horror de los cientos de millones de personas que estaban contemplando el espectáculo en directo a través de la TV.

La reacción mundial lo que se pensaba que era el uso, tras Hiroshima y Nagasaki, de la tercera bomba atómica, fue una condena universal. Los japoneses estaban especialmente furiosos. No solamente abandonaron la alianza contra nosotros, sino que empezaron sistemáticamente a desinvertir billones de dólares y euros de la Reserva Federal Americana y del Banco Central Europeo. Los mercados económicos fueron víctimas del pánico y la economía occidental cayó en el más profundo caos. Muchos otros miembros de la comunidad internacional se volvieron también contra los occidentales.

Por supuesto, la Coalición se declaró inocente. Pero pocos la creyeron. Incluso los propios ciudadanos occidentales desconfiaron de sus gobiernos. Como consecuencia, las disensiones políticas entre los estados occidentales empezaron a producirse y nosotros aprovechamos la oportunidad para inflamar la polémica. Comunicamos a la prensa que tomaríamos represalias por el ataque nuclear con los prisioneros de guerra. Como todos sabéis, esta fue la primera gran guerra en la que participaron gran cantidad de combatientes femeninos.
Para llevar a cabo nuestro plan, capturamos a unos cuantos centenares de estas soldados. Sus familias y conciudadanos occidentales quedaron estupefactos con lo que hicimos a continuación: nuestras Brigadas Negras violaron a las prisioneras, amputaron sus pechos y quemaron sus caras con ácido. Aunque las hicimos sufrir horriblemente, tuvimos mucho cuidado de que no murieran. Les dijimos al mundo que nuestras mujeres habían sufrido también mucho en la catástrofe atómica.
Nosotros nos postulamos como víctimas nucleares y ganamos la simpatía de muchos ciudadanos de todo el mundo, a pesar de los actos horribles que cometimos contra sus prisioneros.

A continuación devolvimos a los prisioneros a sus países de origen, en lo que nosotros ‘vendimos’ como ‘gesto humanitario’. Convertimos la repatriación en un ‘circo de medios’; de ninguna manera tratamos de ocultar lo que habíamos hecho con las prisioneras, incluso lo anunciamos con vídeos en Internet como un aviso de lo que podía suceder en el futuro.

Familiares horrorizados veían regresar a sus hijas, hermanas o esposas en silla de ruedas, horriblemente mutiladas, gritando su agonía y reclamaban la vuelta de las que quedaban en el frente. Pero en el 2.014 las mujeres representaban el 40% de los efectivos militares, de tal manera que su retirada de las zonas de combate supuso una disminución muy importante de las capacidades de los occidentales.

Pero aunque el éxito nos acompañó en esta estrategia, nuestro gran objetivo era atacar el corazón de Europa y Estados Unidos. Sabíamos, sin embargo, que un ciber-ataque directo no produciría la clase de daños necesarios para derrotarlos. Siguiendo la estrategia indirecta de Liddel Hart, concentramos nuestros esfuerzos en sus vecinos ‘pobres’, Méjico y algunos países mediterráneos del norte de África como Marruecos y Argelia.
Las economías de estos ‘países pobres’, en esa época, también dependían de los ordenadores pero los sistemas no estaban tan protegidos como los occidentales. Nuestros hackers fueron capaces de corromperlos de forma masiva. Finalmente nuestros agentes clandestinos en estos países reavivaron algunos de sus conflictos internos como el de Chiapas en Méjico o el del Sahara en el Norte de África.

Los efectos sinérgicos de estas estrategias fueron devastadores. Los gobiernos de éstos países entraron en profundas crisis y sus economías se desintegraron llevando a los ciudadanos al paro y a la miseria. Millones de emigrantes mejicanos y norteafricanos invadieron los Estados Unidos y Europa, respectivamente.
Los ciudadanos occidentales reclamaban el uso de la fuerza militar para controlar el flujo de inmigrantes y criticaban que los soldados estuvieran a cientos de kilómetros de distancia cuando la crisis estaba en su propia casa. Nuestros planes, gracias al Altísimo, funcionaron perfectamente.

La búsqueda constante de otras maneras ‘baratas’ de atacar a los occidentales nos llevó a la guerra contra su medio ambiente. Empezamos con su agricultura porque era un blanco muy fácil ya que, como es lógico, no se sentía objetivo de ningún ataque. Esparcimos grandes cantidades de larvas de las moscas mediterránea, pulgones, hongos, tizones y royas sobre cultivos. De la misma forma, inoculamos secretamente la ganadería con enfermedades altamente contagiosas que hacían letal el consumo de su carne.

Nos jactábamos ante el mundo de ser los responsables de estos actos de ‘guerra’ que no de ‘terrorismos’, asombrando a los occidentales con nuestro salvajismo extremo. Estos no podían disfrutar de una comida, pasear por un parque, descansar en una playa e incluso respirar el aire de sus ciudades sin preguntarse si serían las próximas víctimas de otro de nuestros ataques suicidas.

Vosotros sabéis el resto, amigos míos. Aunque nunca fuimos capaces de derrotar a los occidentales en el campo de batalla, sí les infligimos tal daño moral y psíquico que pronto solicitaron unas conversaciones de paz. Con su economía en ruinas, sus fronteras amenazadas por cientos de miles de inmigrantes, sus ciudadanos desmoralizados, el descontento civil hasta en el último rincón de sus territorios, no fueron capaces de continuar.

De los muchos errores que los occidentales cometieron algunos se hicieron claramente evidentes a lo largo de nuestra contienda; por ejemplo: asumieron como hecho incuestionable el que la ‘revolución tecnológica’ sólo favorecería a las naciones avanzadas; no consideraron que otros países con valores y filosofías completamente diferentes a las occidentales también podían vencer en una guerra de la era de la información. A pesar de lo que muchos expertos en estrategia habían pronosticado durante los años 90s, la ciber-ciencia no puede eliminar la crueldad inherente a los conflictos entre seres humanos.
Le enseñamos a los occidentales que ningún ordenador puede enfrentarse en el campo de batalla a una simple bayoneta empuñada por un fanático. Así, amigos míos, estas son las consecuencias últimas de la ‘revolución tecnológica militar’ que tantos adeptos consiguió entre los militares cegados por la técnica de finales del siglo XX. ¡Demos gracias al Altísimo!

Publicado en la Revista de Aeronáutica y Astronáutica, en abril de 2.001. (antes de los sucesos del 11-S)


Después de la Guerra Fría

"La historia nos enseña que el terrorismo sólo puede operar en sociedades libres o relativamente libres. No había terrorismo en la Alemania nazi o en la Rusia de Stalin, no lo había ni lo hay en dictaduras más benévolas. Lo que significa que, bajo ciertas circunstancias, si al terrorismo se le permite operar con demasiada libertad y se convierte en algo más que un inconveniente, hay que pagar un precio muy alto en las restricciones a la libertad y a los derechos humanos para erradicarlo".

Con la conclusión de la Guerra Fría en 1989 tras el desmantelamiento del muro de Berlín, la recuperación de la independencia de los países de Europa Oriental y la desintegración final de la Unión Soviética, el mundo entero tuvo la sensación de que, por fin, la paz universal había descendido sobre la Tierra. El temor a una guerra en la que se utilizarían armas de destrucción masiva había desaparecido. Uno de los principales científicos políticos escribió una obra titulada The End of History (El fin de la historia), que evidentemente no sostenía que la historia se hubiese detenido, sino más bien que los conflictos serios entre los países habían cesado y que, en torno a ciertas cuestiones esenciales, había ahora un consenso general.

Fue un momento hermoso pero la dicha fue corta. Los escépticos (entre los que me cuento) tenían la sospecha de que en el mundo quedaban todavía bastantes conflictos que anteriormente fueron eclipsados o suprimidos por la Guerra Fría. Dicho de otra manera, mientras duró la confrontación entre los dos bandos, no afloraron otros tipos de conflictos pues en ese momento eran considerados conflictos menores. La Guerra Fría había tenido el efecto inverso de ser el principal responsable de la preservación decierto orden mundial; en resumen, había sido un factor estabilizador.

También es cierto que la amenaza de una nueva y terrible guerra mundial fue probablemente exagerada. El terror estaba equilibrado por la disuasión mutua— precisamente porque existía un amplio arsenal de armas devastadoras. Y puesto que ambos bandos del conflicto actuaban con sensatez, ya que entendían las consecuencias de semejante guerra, la paz se había mantenido.

¿Seguiría en pie la disuasión mutua una vez finalizada la Guerra Fría? ¿Tendría como secuela una nueva era de disturbios mayores? La Guerra Fría no había puesto fin a la proliferación de armas nucleares y a otros medios de destrucción masiva, pero ciertamente la había frenado. Lo mismo no sucede en la actualidad, pues ya no sólo existe el peligro de que unos cuantos países posean estas armas.

La verdadera amenaza es que la adquisición de estas armas por unos pocos países generará una carrera entre sus vecinos para conseguir las mismas, porque estarán expuestos y se sentirán amenazados. Por otra parte, ¿se puede dar por sentado aún que quienes posean armas de destrucción masiva actuarán con la misma sensatez que las dos partes en la Guerra Fría? ¿Estarán sus acciones guiadas por un fanatismo religioso, nacionalista o ideológico que les hará olvidar el peligro suicida de utilizar tales armas? ¿Se convencerán a sí mismos de que quizás les sea posible utilizar impunemente, y sin dejar rastro alguno, estas armas contra sus enemigos en una guerra por terceros?

La búsqueda de liderazgo

Estas son las preguntas inquietantes que han surgido en los últimos años y que cobran cada vez más relevancia. No hay un árbitro, ni una autoridad definitiva para la resolución de los conflictos. Las Naciones Unidas tendrían que haber cumplido esta función, pero hacerlo le ha sido tan imposible como le fue a la Liga de Naciones en el período comprendido entre las dos guerras mundiales. Las Naciones Unidas está integrada por casi 200 países miembros, pequeños y grandes, democráticos y autoritarios, y todo tipo de variación entre unos y otros. Algunos respetan los derechos humanos, otros no. Tienen conflictos de intereses y carecen de la capacidad militar de intervenir en caso de emergencia. A veces pueden ayudar mediante negociaciones a lograr un acuerdo, pero son impotentes si la diplomacia se viene abajo.

Al final de la Guerra Fría, Estados Unidos surgió como la única superpotencia, hecho que acarreó enormes responsabilidades relativas a la paz mundial. Ningún otro país estaba preparado para abordar las amenazas a la paz mundial—no sólo a su propia seguridad. Pero ni siquiera una superpotencia es omnipotente, su capacidad de cumplir obligaciones internacionales tiene límites. No puede y no debe hacerlo por su cuenta, sino que debe actuar como líder de acciones internacionales mediante la persuasión y la presión, si es necesaria.

Sin embargo, las superpotencias nunca gozan de popularidad. Así ha sido desde los días del imperio Romano, y de todos los demás imperios que han existido antes y después. Son objeto del temor y la sospecha de naciones más débiles, no sólo de sus vecinos. Éste es un dilema del que no le es posible escapar. No importa cuan razonable y digno sea su comportamiento, siempre existe el temor de un cambio en el temperamento o la conducta de la superpotencia. Por eso suele haber entre las naciones más pequeñas la tendencia a atacar en conjunto al país líder.

Por mucho que se esfuerce la superpotencia, no existe una panacea para ganar popularidad—salvo la abdicación. Una vez que dejan de ser poderosas, crecen sus oportunidades de hacerse populares. Pero han sido pocas las superpotencias de la historia que han tomado ese camino.
Con el fin de la Guerra Fría, han aparecido nuevos centros de poder, principalmente China y la India. Han logrado avances económicos espectaculares que sólo hace una década eran inimaginables.
Pero hasta la fecha estos países no han dado señales de querer desempeñar un papel en la política mundial que corresponda a su fortaleza económica. Son grandes potencias regionales y, con el tiempo, serán sin duda más que eso. Pero eso puede tardar muchos años y mientras tanto no han demostrado ningún deseo de compartir la responsabilidad de mantener el orden mundial.

Durante un corto tiempo, después del fin de la Guerra Fría, parecía ser que Europa desempeñaría esa función, aunque no siempre al unísono con Estados Unidos. Algunos observadores del panorama político alegaban que el siglo XXI sería el siglo de Europa, principalmente porque el modelo europeo era muy atractivo y sería copiado por el resto del mundo. Esta era la concepción de Europa como una superpotencia civil y moral.

Estas voces optimistas han menguado recientemente en número y frecuencia. Es cierto que Europa tiene mucho que ofrecer al resto de la humanidad, y que el movimiento hacia la unidad europea después de 1948 ha sido un éxito rotundo. Pero el movimiento perdió fuerzas una vez se constituyó el mercado común y aun así la economía no funcionaba tan bien como se esperaba. No había suficiente crecimiento para financiar un estado benefactor, orgullo del continente. Muchos miembros nuevos se habían sumado a la Unión Europea, pero no había una política exterior europea y mucho menos una capacidad militar.

Durante muchos años, la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) había sido un escudo para Europa, y lo sigue siendo. Algunos sostenían que la OTAN había perdido, al menos en parte, su razón de ser debido sencillamente a que la amenaza que había motivado su origen ya había desaparecido. Pero si bien es cierto que las antiguas amenazas han desaparecido, otras amenazas nuevas han tomado su lugar.

Los que cuestionan la OTAN presentarían un caso más convincente si se hubiese realizado un esfuerzo para establecer su propia organización de defensa, pero no se ha hecho. Todo ello sumado a la debilidad demográfica de Europa—la contracción y envejecimiento de la población del continente—es señal de su flaqueza. Otro indicio de ello son sus fracasadas iniciativas diplomáticas independientes en Oriente Medio y, cuando una sangrienta guerra civil se desató a las puertas de su casa en los Balcanes, Europa fue incapaz de atender el problema sin ayuda del exterior. Es evidente que la era de la superpotencia moral, por atractiva que sea como ideal, no ha llegado todavía.

Pocos convendrían en que ha llegado el momento de abolir la policía y las fuerzas de seguridad en el ámbito nacional. Sin embargo, muchos han actuado como si no fueran necesarias las fuerzas del orden en el plano internacional, y todo ello en un momento en que la amenaza de las armas de destrucción masiva cobra más relevancia, dado que los daños y las bajas que producirían serían infinitamente mayores que en ningún otro momento del pasado.

Tensiones y terrorismo

Han sido pocos los voluntarios que se han presentado para hacer de policías del mundo—es ciertamente un empleo poco atrayente, no remunerado y nada agradecido. Es posible que sea superfluo, es posible que el orden internacional sepa cuidarse a sí mismo.

Tal vez, pero si se examina el panorama mundial no saltan motivos para sentir excesivo optimismo. Rusia no ha aceptado aún su nueva situación en el mundo; hay resentimiento, como es natural, por la pérdida del imperio. Existe una fuerte tendencia a asignar culpas a todo tipo de factores externos, y algunos ya sueñan con devolverle su antiguo poder y gloria.

También está África, con sus millones de víctimas de horribles guerras civiles que la comunidad internacional fue incapaz de prevenir.
Ante todo está Oriente Medio con su pluralidad de tensiones y terrorismo en el ámbito nacional e internacional. El terrorismo no es un fenómeno nuevo en los anales de la historia de la humanidad, es más viejo que Matusalén. Ha aparecido en muchas formas y disfraces, como nacionalismo y separatismo, y propiciado por la extrema izquierda y la derecha radical. Pero el terrorismo contemporáneo, instigado por el fanatismo religioso y nacionalista, con operaciones en estados fracasados, y a veces incitado, financiado y manipulado por los gobiernos, es ahora más peligroso que nunca.

Ha habido y hay muchos conceptos equivocados sobre el origen del terrorismo. A menudo se sostiene que la pobreza y la opresión son sus causas principales. Si eliminamos la pobreza y la opresión, el terrorismo desaparecerá. Pero el terrorismo no sólo aparece en los países más pobres y los conflictos étnicos raramente tienen fácil solución, ¿qué pasaría si dos grupos reclamaran el mismo territorio y no estuviesen dispuestos a transigir?

El verdadero peligro no es, evidentemente, la victoria del terrorismo. La historia nos enseña que el terrorismo sólo puede operar en sociedades libres o relativamente libres. No había terrorismo en la Alemania nazi ni en la Rusia de Stalin, no había ni lo hay en dictaduras más benévolas. Pero esto significa que, bajo ciertas circunstancias, si al terrorismo se le permite operar con demasiada libertad y se convierte en algo más que un inconveniente, hay que pagar un precio muy alto en las restricciones a la libertad y a los derechos humanos para erradicarlo. Naturalmente, las sociedades libres son reacias a pagar tal precio. Este uno de los grandes dilemas de nuestro tiempo y hasta ahora nadie ha encontrado una forma indolora de resolverlo.

Walter Laqueur, copreside el Consejo de Investigación Internacional del Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos, un centro de investigación pública con sede en Washington D.C. Ha sido profesor en las universidades de Brandeis y Georgetown, y profesor invitado en las universidades de Harvard, Chicago, Tel Aviv y Johns Hopkins.


Después de la Guerra Fría

El ex presidente de Estados Unidos Ronald Reagan, a la izquierda, y su homólogo sovietico Mijaíl Gorbachov, se dejan ver con sus sombreros vaqueros el 2 de mayo de 1992 durante una visita al Rancho del Cielo, propiedad de los Reagan de unas 278 hectáreas de extensión en las montañas al norte de Santa Bárbara, en California.
"La historia nos enseña que el terrorismo sólo puede operar en sociedades libres o relativamente libres. No había terrorismo en la Alemania nazi o en la Rusia de Stalin, no lo había ni lo hay en dictaduras más benévolas. Lo que significa que, bajo ciertas circunstancias, si al terrorismo se le permite operar con demasiada libertad y se convierte en algo más que un inconveniente, hay que pagar un precio muy alto en las restricciones a la libertad y a los derechos humanos para erradicarlo".

Con la conclusión de la Guerra Fría en 1989 tras el desmantelamiento del muro de Berlín, la recuperación de la independencia de los países de Europa Oriental y la desintegración final de la Unión Soviética, el mundo entero tuvo la sensación de que, por fin, la paz universal había descendido sobre la Tierra. El temor a una guerra en la que se utilizarían armas de destrucción masiva había desaparecido. Uno de los principales científicos políticos escribió una obra titulada The End of History (El fin de la historia), que evidentemente no sostenía que la historia se hubiese detenido, sino más bien que los conflictos serios entre los países habían cesado y que, en torno a ciertas cuestiones esenciales, había ahora un consenso general.

Fue un momento hermoso pero la dicha fue corta. Los escépticos (entre los que me cuento) tenían la sospecha de que en el mundo quedaban todavía bastantes conflictos que anteriormente fueron eclipsados o suprimidos por la Guerra Fría. Dicho de otra manera, mientras duró la confrontación entre los dos bandos, no afloraron otros tipos de conflictos pues en ese momento eran considerados conflictos menores. La Guerra Fría había tenido el efecto inverso de ser el principal responsable de la preservación de cierto orden mundial; en resumen, había sido un factor estabilizador.

También es cierto que la amenaza de una nueva y terrible guerra mundial fue probablemente exagerada. El terror estaba equilibrado por la disuasión mutua— precisamente porque existía un amplio arsenal de armas devastadoras. Y puesto que ambos bandos del conflicto actuaban con sensatez, ya que entendían las consecuencias de semejante guerra, la paz se había mantenido.

¿Seguiría en pie la disuasión mutua una vez finalizada la Guerra Fría? ¿Tendría como secuela una nueva era de disturbios mayores? La Guerra Fría no había puesto fin a la proliferación de armas nucleares y a otros medios de destrucción masiva, pero ciertamente la había frenado. Lo mismo no sucede en la actualidad, pues ya no sólo existe el peligro de que unos cuantos países posean estas armas.

La verdadera amenaza es que la adquisición de estas armas por unos pocos países generará una carrera entre sus vecinos para conseguir las mismas, porque estarán expuestos y se sentirán amenazados. Por otra parte, ¿se puede dar por sentado aún que quienes posean armas de destrucción masiva actuarán con la misma sensatez que las dos partes en la Guerra Fría? ¿Estarán sus acciones guiadas por un fanatismo religioso, nacionalista o ideológico que les hará olvidar el peligro suicida de utilizar tales armas? ¿Se convencerán a sí mismos de que quizás les sea posible utilizar impunemente, y sin dejar rastro alguno, estas armas contra sus enemigos en una guerra por terceros?

La búsqueda de liderazgo

Estas son las preguntas inquietantes que han surgido en los últimos años y que cobran cada vez más relevancia. No hay un árbitro, ni una autoridad definitiva para la resolución de los conflictos. Las Naciones Unidas tendrían que haber cumplido esta función, pero hacerlo le ha sido tan imposible como le fue a la Liga de Naciones en el período comprendido entre las dos guerras mundiales. Las Naciones Unidas está integrada por casi 200 países miembros, pequeños y grandes, democráticos y autoritarios, y todo tipo de variación entre unos y otros. Algunos respetan los derechos humanos, otros no. Tienen conflictos de intereses y carecen de la capacidad militar de intervenir en caso de emergencia. A veces pueden ayudar mediante negociaciones a lograr un acuerdo, pero son impotentes si la diplomacia se viene abajo.

El presidente George Bush, a la izquierda, les da la bienvenida a la señora Lyudmila Putin y al presidente ruso Vladimir Putin, a su llegada al rancho de los Bush en Crawford, Texas, el 14 de noviembre de 2001. La señora Putin hizo entrega de una flor a la señora Bush al momento de su arribo.

Al final de la Guerra Fría, Estados Unidos surgió como la única superpotencia, hecho que acarreó enormes responsabilidades relativas a la paz mundial. Ningún otro país estaba preparado para abordar las amenazas a la paz mundial—no sólo a su propia seguridad. Pero ni siquiera una superpotencia es omnipotente, su capacidad de cumplir obligaciones internacionales tiene límites. No puede y no debe hacerlo por su cuenta, sino que debe actuar como líder de acciones internacionales mediante la persuasión y la presión, si es necesaria.

Sin embargo, las superpotencias nunca gozan de popularidad. Así ha sido desde los días del imperio Romano, y de todos los demás imperios que han existido antes y después. Son objeto del temor y la sospecha de naciones más débiles, no sólo de sus vecinos. Éste es un dilema del que no le es posible escapar. No importa cuan razonable y digno sea su comportamiento, siempre existe el temor de un cambio en el temperamento o la conducta de la superpotencia. Por eso suele haber entre las naciones más pequeñas la tendencia a atacar en conjunto al país líder. Por mucho que se esfuerce la superpotencia, no existe una panacea para ganar popularidad—salvo la abdicación. Una vez que dejan de ser poderosas, crecen sus oportunidades de hacerse populares. Pero han sido pocas las superpotencias de la historia que han tomado ese camino.

Con el fin de la Guerra Fría, han aparecido nuevos centros de poder, principalmente China y la India. Han logrado avances económicos espectaculares que sólo hace una década eran inimaginables. Pero hasta la fecha estos países no han dado señales de querer desempeñar un papel en la política mundial que corresponda a su fortaleza económica. Son grandes potencias regionales y, con el tiempo, serán sin duda más que eso. Pero eso puede tardar muchos años y mientras tanto no han demostrado ningún deseo de compartir la responsabilidad de mantener el orden mundial.

Durante un corto tiempo, después del fin de la Guerra Fría, parecía ser que Europa desempeñaría esa función, aunque no siempre al unísono con Estados Unidos. Algunos observadores del panorama político alegaban que el siglo XXI sería el siglo de Europa, principalmente porque el modelo europeo era muy atractivo y sería copiado por el resto del mundo. Esta era la concepción de Europa como una superpotencia civil y moral.

Estas voces optimistas han menguado recientemente en número y frecuencia. Es cierto que Europa tiene mucho que ofrecer al resto de la humanidad, y que el movimiento hacia la unidad europea después de 1948 ha sido un éxito rotundo. Pero el movimiento perdió fuerzas una vez se constituyó el mercado común y aun así la economía no funcionaba tan bien como se esperaba. No había suficiente crecimiento para financiar un estado benefactor, orgullo del continente. Muchos miembros nuevos se habían sumado a la Unión Europea, pero no había una política exterior europea y mucho menos una capacidad militar.

Durante muchos años, la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) había sido un escudo para Europa, y lo sigue siendo. Algunos sostenían que la OTAN había perdido, al menos en parte, su razón de ser debido sencillamente a que la amenaza que había motivado su origen ya había desaparecido. Pero si bien es cierto que las antiguas amenazas han desaparecido, otras amenazas nuevas han tomado su lugar.

Los que cuestionan la OTAN presentarían un caso más convincente si se hubiese realizado un esfuerzo para establecer su propia organización de defensa, pero no se ha hecho. Todo ello sumado a la debilidad demográfica de Europa—la contracción y envejecimiento de la población del continente—es señal de su flaqueza. Otro indicio de ello son sus fracasadas iniciativas diplomáticas independientes en Oriente Medio y, cuando una sangrienta guerra civil se desató a las puertas de su casa en los Balcanes, Europa fue incapaz de atender el problema sin ayuda del exterior. Es evidente que la era de la superpotencia moral, por atractiva que sea como ideal, no ha llegado todavía.

Pocos convendrían en que ha llegado el momento de abolir la policía y las fuerzas de seguridad en el ámbito nacional. Sin embargo, muchos han actuado como si no fueran necesarias las fuerzas del orden en el plano internacional, y todo ello en un momento en que la amenaza de las armas de destrucción masiva cobra más relevancia, dado que los daños y las bajas que producirían serían infinitamente mayores que en ningún otro momento del pasado.

Tensiones y terrorismo

Han sido pocos los voluntarios que se han presentado para hacer de policías del mundo—es ciertamente un empleo poco atrayente, no remunerado y nada agradecido. Es posible que sea superfluo, es posible que el orden internacional sepa cuidarse a sí mismo.

Tal vez, pero si se examina el panorama mundial no saltan motivos para sentir excesivo optimismo. Rusia no ha aceptado aún su nueva situación en el mundo; hay resentimiento, como es natural, por la pérdida del imperio. Existe una fuerte tendencia a asignar culpas a todo tipo de factores externos, y algunos ya sueñan con devolverle su antiguo poder y gloria.

También está África, con sus millones de víctimas de horribles guerras civiles que la comunidad internacional fue incapaz de prevenir.

Ante todo está Oriente Medio con su pluralidad de tensiones y terrorismo en el ámbito nacional e internacional. El terrorismo no es un fenómeno nuevo en los anales de la historia de la humanidad, es más viejo que Matusalén. Ha aparecido en muchas formas y disfraces, como nacionalismo y separatismo, y propiciado por la extrema izquierda y la derecha radical. Pero el terrorismo contemporáneo, instigado por el fanatismo religioso y nacionalista, con operaciones en estados fracasados, y a veces incitado, financiado y manipulado por los gobiernos, es ahora más peligroso que nunca.

Ha habido y hay muchos conceptos equivocados sobre el origen del terrorismo. A menudo se sostiene que la pobreza y la opresión son sus causas principales. Si eliminamos la pobreza y la opresión, el terrorismo desaparecerá. Pero el terrorismo no sólo aparece en los países más pobres y los conflictos étnicos raramente tienen fácil solución, ¿qué pasaría si dos grupos reclamaran el mismo territorio y no estuviesen dispuestos a transigir?

El verdadero peligro no es, evidentemente, la victoria del terrorismo. La historia nos enseña que el terrorismo sólo puede operar en sociedades libres o relativamente libres. No había terrorismo en la Alemania nazi ni en la Rusia de Stalin, no había ni lo hay en dictaduras más benévolas. Pero esto significa que, bajo ciertas circunstancias, si al terrorismo se le permite operar con demasiada libertad y se convierte en algo más que un inconveniente, hay que pagar un precio muy alto en las restricciones a la libertad y a los derechos humanos para erradicarlo. Naturalmente, las sociedades libres son reacias a pagar tal precio. Este uno de los grandes dilemas de nuestro tiempo y hasta ahora nadie ha encontrado una forma indolora de resolverlo.

Las opiniones expresadas en este artículo no reflejan necesariamente los puntos de vista ni las políticas del gobierno de Estados Unidos.
Walter Laqueur copreside el Consejo de Investigación Internacional del Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos, un centro de investigación pública con sede en Washington D.C. Ha sido profesor en las universidades de Brandeis y Georgetown, y profesor invitado en las universidades de Harvard, Chicago, Tel Aviv y Johns Hopkins.

La Guerra Fría

Una prueba del poder y los ideales de Estados Unidos

El destructor Barry de la Armada de Estados Unidos se detiene junto al buque ruso de carga Anosov en el Océano Atlántico el 10 de noviembre de 1962, con el objetivo de inspeccionar su cargamento mientras que, sobre ellos, se observa un avión de reconocimiento. El barco soviético transportaba un cargamento de misiles que se retiraban de Cuba al concluir la crisis de los misiles.

La Guerra Fría fue ante todo una guerra de ideas, una lucha sobre cuál sería el principio organizador de la sociedad humana, una competición entre el liberalismo y el colectivismo forzado. Para Estados Unidos, la Guerra Fría fue la primera incursión que hiciera como nación en el terreno de la política de las grandes potencias y para ello fue necesario que el pueblo estadounidense afrontara, si bien no siempre a su entera satisfacción, sus propios sentimientos encontrados sobre el mundo exterior: por una parte, el deseo de mantenerse aislado y, por otra, el de ser el paladín de la libertad de otros pueblos, por motivos tanto altruistas como de su propio interés.

Se puede decir que la Guerra Fría tuvo su inicio en 1917, con la aparición en Rusia de un régimen revolucionario bolchevique dedicado a propagar el comunismo por todo el mundo industrializado. Para Vladimir Leni
n, líder de esa revolución, éste era un objetivo imperioso. Como escribió en su Carta Abierta a los Obreros de Estados Unidos, en agosto de 1918: "Nos encontramos ahora, tal como están las cosas, en una fortaleza asediada en espera de que otros destacamentos de la revolución socialista mundial acudan en nuestra ayuda".

Los gobiernos occidentales solían ver el comunismo como un movimiento internacional cuyos partidarios no juraban fidelidad a su país, sino al comunismo transnacional aunque, en la práctica, recibían órdenes de Moscú a quien debían lealtad.

En 1918, Estados Unidos participó brevemente y de forma poco entusiasta en un intento de los aliados por derrocar el régimen revolucionario soviético. La sospecha y la hostilidad caracterizaban de esta manera las relaciones entre los soviéticos y Occidente mucho antes de que la Segunda Guerra Mundial los convirtiera en aliados reticentes en la lucha contra la Alemania nazista.

Después de la derrota de Alemania en 1945 y la vasta destrucción causada por la guerra en toda Europa, Estados Unidos y la Unión Soviética surgieron como los representantes de filosofías, objetivos y planes antagónicos e incompatibles para la reconstrucción y reorganización del continente. Las acciones de los soviéticos se derivaban de una combinación entre el compromiso ideológico y el realismo geopolítico.

En honor a la verdad, el ejército soviético había luchado el grueso de la batalla, sostenido más bajas en el frente europeo y liberado gran parte de Europa Central y Oriental de las garras de Adolf  Hitler. Pero rápidamente se hizo evidente que Moscú insistiría no sólo en establecer regímenes comunistas en la región, sino también otros gobiernos que respondieran directamente a los soviéticos, no obstante los deseos de los polacos y checos, además de los rumanos, búlgaros y otros europeos orientales.

La perspectiva desde Washington era muy diferente. Los líderes estadounidenses pensaban que el estado de aislacionismo político que mantuvo Estados Unidos después de la Primera Guerra Mundial había sido un error de gran magnitud, tanto era así que posiblemente contribuyó al auge de Hitler y casi tuvo como consecuencia la dominación del continente europeo por una sola potencia hostil que podía amenazar la seguridad de la nación estadounidense. Y ahora, con las fuerzas soviéticas desplegadas en la mitad del continente y los comunistas afianzados en Francia, Italia y, sobre todo, Alemania, los formuladores de política de Estados Unidos tenían motivos para sentir recelo.

El liberalismo, el individualismo y la relativa espontaneidad que se vivían en Estados Unidos contrastaba marcadamente con la represión política y la planificación centralizada de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en el momento en que ambas naciones entablaban su rivalidad para conseguir la lealtad de Europa, y la de las nuevas naciones independientes de los controles del colonialismo.

La Guerra Fría en Europa

El esfuerzo de Estados Unidos por "contener" el poder soviético detrás de las fronteras de la posguerra, constó de dos etapas abarcadoras: primero, una gestión urgente dirigida a revivir la economía y política de Europa y, por tanto, a aumentar su capacidad y fortalecer su disposición para resistir futuros avances soviéticos y, más tarde, un esfuerzo por mantener la credibilidad del compromiso de Estados Unidos de defender en la era nuclear a sus aliados europeos.Dos iniciativas tempranas demostraron la determinación de Estados Unidos de reconstruir y defender la Europa no comunista. En 1947, cuando Gran Bretaña informó a Washington de que no podía seguir proporcionando ayuda financiera a los gobiernos de Grecia y Turquía contra las guerrillas comunistas, el presidente Harry S. Truman (1945-1953) obtuvo una asignación de 400 millones de dólares para ese fin. Más definitiva aún fue la Doctrina Truman que establecía un compromiso sin límites a "apoyar a los pueblos libres que están resistiendo los intentos de subyugación por minorías armadas o presiones externas".

El siguiente año, el Plan Marshall envió ayuda económica por valor de trece mil millones de dólares a las economías de Europa Occidental. Por otra parte, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), establecida en 1949, comprometía formalmente a Estados Unidos con la defensa de Europa Occidental en su primera "alianza atrapadora" oficial, una situación contra la que había advertido el primer presidente de Estados Unidos, George Washington (1789-1797).

La OTAN fue una respuesta a la superioridad de las fuerzas convencionales militares soviéticas en Europa. Al final de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos llevó a cabo el más rápido repliegue de fuerzas militares de su historia y redujo su ejército de unos 8,3 millones de efectivos en 1945 a apenas 500.000 en 1948.
El Ejército Rojo mantuvo una presencia más numerosa en el corazón de Europa y era consabida su capacidad de invadir rápidamente a Europa Occidental, si así lo decidieran Stalin o sus sucesores. En tal caso, los planes militares de Estados Unidos requerían tomar represalias con armas atómicas, y más tarde, armas nucleares, pero los aliados europeos de Estados Unidos —cuyos territorios serían necesariamente el blanco de las bombas— adoptaron una actitud de comprensible desconfianza.

Una vez que los soviéticos obtuvieron sus propias armas atómicas (1949) y nucleares (1953), muchos europeos se preguntaron si Estados Unidos les defendería contra un ataque soviético si Moscú, a su vez, desataba un holocausto nuclear en ciudades estadounidenses. ¿Sacrificaría Washington a Nueva York para defender a París, Londres o Bonn?

La Guerra Fría en Europa giró en torno a esta cuestión. La presión ejercida por los soviéticos en Berlín occidental —un enclave occidental dentro la Alemania oriental comunista y, por consiguiente, imposible de defender militarmente— tenía como propósito subrayar la precariedad de su situación a los europeos occidentales. La respuesta estadounidense a esa presión —que incluyó el puente aéreo de Berlín en 1948 por el que la Fuerza Aérea de Estados Unidos entregó alimentos y otros artículos de primera necesidad a la ciudad bajo bloqueo soviético, la declaración del presidente John F. Kennedy en 1963 de que "todos los hombres libres, dondequiera que vivan, son ciudadanos de Berlín... "Ich bin ein Berliner" y el desafío lanzado por el presidente Ronald Reagan en 1987: "Señor Gorbachov, derribe este muro"— confirman el reconocimiento de Estados Unidos de que Berlín era un importante símbolo del vínculo transatlántico y de la determinación estadounidense de defender a sus aliados europeos.

La última gran crisis de la Guerra Fría europea fue otro esfuerzo soviético destinado a separar a los aliados occidentales. En 1975, Moscú introdujo misiles de crucero de alcance intermedio SS-20 con capacidad de llegar a objetivos en Europa Occidental, pero no en Estados Unidos. La acción dio paso a que los europeos se cuestionaran nuevamente si Estados Unidos tomaría represalias por un ataque a Europa cuya consecuencia sería una guerra nuclear de destrucción mutua entre Estados Unidos y la URSS.

La alianza de la OTAN decidió rectificar el equilibrio de fuerzas al negociar con los soviéticos el retiro de todas las armas de alcance intermedio, bajo amenaza del despliegue por parte de Estados Unidos de misiles Pershing II y misiles de crucero lanzados desde tierra en Europa si Moscú no retiraba sus misiles SS-20.
Muchos europeos occidentales se oponían a estas contramedidas. Sus acciones respondían a una serie de motivos y creencias, pero el movimiento comunista internacional también contribuyó a organizar y a alentar a elementos del "movimiento pacifista" con la esperanza de obligar a los europeos occidentales a avenirse políticamente a la superioridad militar soviética. Luego de un voto trascendental en noviembre de 1983 en el Parlamento de Alemania Occidental, se procedió al despliegue de misiles estadounidenses.

En diciembre de 1987, el presidente Ronald Reagan (1981-1989) y el secretario general Mijaíl Gorbachov (1985-1991) firmaron el Tratado de eliminación de misiles de alcance intermedio y de menor alcance. La incapacidad de la Unión Soviética de hendir una cuña entre Estados Unidos y sus aliados europeos fue un factor determinante en la conclusión de la Guerra Fría.

La Guerra Fría en la "periferia"


En 1947, el diplomático estadounidense George Kennan enunció los principios básicos de la estrategia de Estados Unidos en la Guerra Fría: "una política de contención, elaborada para hacer frente a los rusos con una fuerza contraria e inalterable en cada sitio donde veamos señales de su intervención en los intereses de un mundo pacífico y estable". A la larga, esta política a menudo prevalecía y frecuentemente chocaba con el deseo real de Washington de apoyar la descolonización y vincularse con los nuevos estados independientes de África, Asia y Oriente Medio, un área que los estrategas a menudo denominaban la "periferia", mientras que Europa seguía siendo el escenario central de la Guerra Fría.

Al concluir la Segunda Guerra Mundial, los formuladores de política de Estados Unidos ya preveían la ruptura de los antiguos imperios coloniales europeos y esperaban forjar amistades con estos nuevos países. Estados Unidos trabajó con empeño para evitar que se reafirmara la autoridad holandesa sobre Indonesia, y hasta amenazó en 1949 con retener fondos del Plan Marshall hasta que los Países Bajos reconocieran la independencia de ese archipiélago. Por motivos similares, el presidente Dwight D. Eisenhower obligó en 1956 a Francia, Inglaterra e Israel a poner fin a sus respectivas ocupaciones del Canal de Suez y de la Península del Sinaí.Sin embargo, la política estadounidense no se aplicaba conforme a un patrón fijo en la periferia.

En algunos casos, como fue el de Filipinas en 1986, Washington se puso del lado de las fuerzas populares, actuando en contra de un régimen pro estadounidense. En otros casos, los líderes estadounidenses detectaron rápidamente la influencia comunista detrás de movimientos nacionalistas y comenzaron a ver a los países como fichas de "dominó": si uno "caía" bajo la influencia soviética, se daba por sentado que sus vecinos correrían la misma suerte.

La "teoría dominó" explica la más desastrosa intervención de Estados Unidos en la periferia: Vietnam. Luego de la rendición de los japoneses en 1945, las gestiones de los franceses para reafirmar su autoridad colonial en Vietnam fueron recibidas por una oposición tenaz. Los formuladores de política de Estados Unidos estuvieron tentados a instar a París a que se retirara de Indochina, tal como habían ayudado a la salida de los holandeses de Indonesia.

Sin embargo, los líderes franceses advirtieron que la pérdida de su imperio podría ocasionar la subyugación de Francia al comunismo. Washington no estaba dispuesta a correr ese riesgo. Poco a poco, primero con el apoyo a los franceses, la gradual asignación de instructores estadounidenses y luego soldados —casi 550.000 para mediados de 1969— Estados Unidos gastó dinero y derramó sangre en un esfuerzo que acabó en el fracaso, para evitar que el régimen comunista de Vietnam del Norte absorbiera el resto de la nación.Si bien el historial estadounidense en la periferia de la Guerra Fría es objeto de crítica, su contrincante soviético se encontraba igualmente involucrado en actividades para difundir su influencia por el Tercer Mundo, dando apoyo a dictadores e inmiscuyéndose en asuntos locales.Una rivalidad de largo plazoLa estrategia de contención prescribía una rivalidad de largo plazo que el presidente Kennedy (1961-1963) calificó como una "larga lucha crespuscular". Era algo nuevo para una nación cuya participación en conflictos internacionales había respondido hasta esa fecha a desafíos concretos y urgentes.

La respuesta de Estados Unidos a tres crisis iniciales dejó demostrado que la Guerra Fría no concluiría con una espectacular victoria militar. La decisión del presidente Truman adoptada en 1951 de relevar de su cargo al general Douglas MacArthur equivalió a una decisión de luchar la Guerra de Corea para preservar a Corea del Sur y no, como el general deseaba, para liberar a Corea del Norte. Cinco años más tarde, el presidente Eisenhower (1953-1961) se negó deliberadamente a ofrecer apoyo tangible al levantamiento del pueblo húngaro en contra del gobierno impuesto por los soviéticos y las tropas del Ejército Rojo que suprimieron su revolución.

Por último, la crisis de los misiles de Cuba de 1962 dejó entrever más claramente los límites de un conflicto directo en la era nuclear. Los soviéticos intentaron introducir clandestinamente misiles de alcance intermedio en Cuba, lo que claramente presentaba una amenaza para el territorio continental de Estados Unidos. Aunque en ese momento Estados Unidos todavía disfrutaba de una superioridad abrumadora en armas nucleares, una guerra declarada equivalía a sufrir daños inaceptables.

Por lo tanto, el presidente Kennedy llegó a un acuerdo secreto, cuyas condiciones no se dieron a conocer hasta muchos años después. A cambio de retirar los misiles nucleares soviéticos de Cuba, Estados Unidos se comprometió a no tomar acciones contra el régimen comunista de Fidel Castro y, además, retiraría tras un período prudencial los misiles "obsoletos" de Estados Unidos emplazados en Turquía.

Al parecer, ambas "superpotencias", aprendieron lecciones diferentes de la crisis de misiles en Cuba. Si bien para 1980 Estados Unidos había desistido de incrementar su arsenal nuclear, los soviéticos optaron por lo contrario y no daban señal de reducir el nivel considerable del aumento.

Mientras tanto, la introducción en los años setenta de las fuerzas armadas cubanas en conflictos africanos y la invasión soviética de Afganistán en 1979 —la primera intervención directa del Ejército Rojo fuera de Europa Oriental— convenció a muchos estadounidenses de que el final de la Guerra Fría no estaba próximo.La conclusión de la Guerra FríaLas razones que explican el colapso de la Unión Soviética son hasta el presente tema de álgidos debates.

No obstante, es posible hacer varias observaciones. Una es que el considerable incremento militar ordenado por el presidente Reagan disparó para los soviéticos el costo de mantener su poder militar. Otra es que el proyecto de un sistema de defensa contra misiles o "Guerra de las galaxias" amenazaba con desplazar la competición hacia el dominio de nuevas tecnologías, un terreno en el que la Unión Soviética—una sociedad cerrada—no estaba bien preparada para competir.

La economía controlada de los soviéticos ya se estaba tambaleando. Cualquiera fuera la capacidad del modelo comunista de industrializar con éxito, las incipientes tecnologías de la información presentaban obstáculos insuperables para una sociedad que ejercía una estrecha vigilancia sobre sus ciudadanos, aun tratándose del uso de máquinas fotocopiadoras.

Líderes perspicaces como el secretario general Gorbachov entendían bien esta realidad. Las reformas que introdujo, pero que en última instancia no pudo controlar, condujeron a la desintegración de la Unión Soviética y el final de la Guerra Fría.Desde el punto de vista estadounidense, el fin del conflicto de 40 años representaba la victoria de una ideología. Pero Estados Unidos pagó un precio por su victoria, de hecho uno muy alto.

Evidentemente, hubo la enorme inversión de vidas irremplazables que se perdieron en los campos de batalla y el desembolso de fondos en armas de una fuerza inimaginable, en lugar de destinarlos a causas más urgentes y más nobles en el país y en el exterior. Hubo también costos políticos. En algunas ocasiones, la Guerra Fría obligó a los estadounidenses a alinearse con regímenes indeseables en nombre de la conveniencia geopolítica.Sin embargo, también se alcanzaron grandes logros en Estados Unidos durante la Guerra Fría. El más evidente de ellos es que Europa Occidental y, sin duda, gran parte del mundo no cayó bajo el dominio de Josef Stalin, un dictador asesino casi indistinto del desaparecido Adolf Hitler. De igual importancia fue que en la era de armamentos termonucleares, se logró la liberación de las naciones cautivas de la Unión Soviética, sin que fuese necesario recurrir a una guerra general con una destrucción sin precedentes. Además, las instituciones democráticas de Estados Unidos salieron intactas—de hecho, florecieron—y el modelo estadounidense de organización social, uno que proporciona libertad política, religiosa y económica al individuo para que vaya en pos de sus sueños, dio vigor a la nación al hacer su entrada en el nuevo milenio.



Michael Jay Friedman es redactor del Servicio Noticioso desde Washington e historiador de la diplomacia estadounidense.